Los días parecen haberse convertido en rutinas del
horror. Desde el comienzo al fin del mismo, las acciones suscitadas por sus estímulos
consisten en caer y levantarse, para nuevamente volver a caerse, y esa vez, esa
segunda vez, golpearse con mucha mayor dureza con la áspera textura del asfalto
en el cual se ha erigido la vida.
El infierno no
existe afuera, no es una realidad material como la del árbol que se mueve por
la acción continua del viento que sopla. Es una realidad interior, una esencia
karmica que primeramente se aloja en la cabeza para luego dar la impresión de
realidad en el mundo exterior.
A todos aquellos que anhelan conocer si existe
el infierno, el Tartaro, el lugar del eterno sufrimiento donde se infringen
penas sin fin, los invitaría a dar un paseo por los confines de mi cabeza, por
los fríos paisajes interiores que me hacen quien soy, por los terrenos en cuyas
tierras no existe la fertilidad para que crezcan las flores que podrían darle
color a mis sentidos sensoriales. Ahí es donde yace la verdad, la verdad de
porque elijo convertirme en no ser, rechazando de manera categórica mi calidad
de persona.
No deseo, hace
mucho deje de hacerlo. Pareciera que todo lo que sucede quizás se relacione con
el deseo. Tal vez, si hubiera deseado, tal vez si hubiera soñado, la realidad habría
tenido bases para hacer de mi casa un lugar mejor. Pero nunca fui optimista, y
cada día lo soy menos. Resistir, ¿Para qué carajo? ¿De qué sirve resistir sino
para alargar más el sufrimiento? No sé si quiera seguir haciéndolo, no sé si me
interese perpetuarme y ser la burla de cuanto ser o criatura goce con mi mala
suerte.
Tal vez, lo mejor
sea huir; no sé cuándo, tampoco como ni mucho menos donde. De lo único que
estoy seguro es que ahora estoy más solo que nunca, y a nadie le va a importar
lo que haga de mí el destino.
Del polvo
recuerdo haber venido, y tal vez al polvo prontamente vuelva. Pero no lo sé,
aún no lo sé.
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