jueves, 21 de febrero de 2013

Relato de un hombre triste


Los días parecen haberse convertido en rutinas del horror. Desde el comienzo al fin del mismo, las acciones suscitadas por sus estímulos consisten en caer y levantarse, para nuevamente volver a caerse, y esa vez, esa segunda vez, golpearse con mucha mayor dureza con la áspera textura del asfalto en el cual se ha erigido la vida.
  El infierno no existe afuera, no es una realidad material como la del árbol que se mueve por la acción continua del viento que sopla. Es una realidad interior, una esencia karmica que primeramente se aloja en la cabeza para luego dar la impresión de realidad en el mundo exterior.
   A todos aquellos que anhelan conocer si existe el infierno, el Tartaro, el lugar del eterno sufrimiento donde se infringen penas sin fin, los invitaría a dar un paseo por los confines de mi cabeza, por los fríos paisajes interiores que me hacen quien soy, por los terrenos en cuyas tierras no existe la fertilidad para que crezcan las flores que podrían darle color a mis sentidos sensoriales. Ahí es donde yace la verdad, la verdad de porque elijo convertirme en no ser, rechazando de manera categórica mi calidad de persona.
  No deseo, hace mucho deje de hacerlo. Pareciera que todo lo que sucede quizás se relacione con el deseo. Tal vez, si hubiera deseado, tal vez si hubiera soñado, la realidad habría tenido bases para hacer de mi casa un lugar mejor. Pero nunca fui optimista, y cada día lo soy menos. Resistir, ¿Para qué carajo? ¿De qué sirve resistir sino para alargar más el sufrimiento? No sé si quiera seguir haciéndolo, no sé si me interese perpetuarme y ser la burla de cuanto ser o criatura goce con mi mala suerte.
  Tal vez, lo mejor sea huir; no sé cuándo, tampoco como ni mucho menos donde. De lo único que estoy seguro es que ahora estoy más solo que nunca, y a nadie le va a importar lo que haga de mí el destino.
  Del polvo recuerdo haber venido, y tal vez al polvo prontamente vuelva. Pero no lo sé, aún no lo sé.

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