En
el fondo, todos somos niños que nos olvidamos de la felicidad que implica ser
un niño.
Con el pasar del tiempo, a medida que las
agujas truenan malgastando su tiempo en un circular movimiento cuasi rutinario,
la cultura y la civilización nos hacen olvidar que tras el envase, dentro del
envoltorio decorado por las vestimentas de la moda, aggiornados por los
elementos materiales que resplandecen en la era del parecer por sobre la del
ser, existe un niño que pugna por salir a cada instante, a cada momento; y de
esa manera intentando sublevarse contra las barreras externas que aquellos
enemigos del espíritu libre construyen para de esa manera obstruir nuestra independencia.
Quienes la construyen, quienes la erigen por
sobre el seno de vuestra humanidad, pretenden hacernos olvidar que muy
profundamente, somos sujetos cuyo único motor para subsistir y no convertirnos en
piedras inertes es el deseo, ese manojo de fantasías y delirios que tan bien
nos hacen sentir cada vez que nos acercamos, mas no sea utópicamente. Estamos
sujetos al deseo, y si dejáramos de desear, si no anheláramos ardientemente y
la llama que irradia desde el lugar más recóndito del mismísimo espíritu dejara
de flamear, habremos olvidado lo que es vivir.
La pregunta que emana en este breve periodo
de introspección meditativa, donde el ser, el espíritu, se bifurca tal
parafrenico sin ningún filtro y roza el éter sagrado que representa la receptáculo
de la verdad es la siguiente: ¿podemos avanzar hacia la felicidad si dejamos de
soñar? ¿Podemos ser dignos de la dicha eterna, si nos abandonamos a aceptar la
material y fría realidad de la cual nos hicieron y nos hacen participes sin
siquiera preguntarnos si queríamos formar parte de ella? Más precisamente, ¿Qué
significa obstaculizar al niño interior, al germen portador de luz? Obstruir, reprimir,
avasallar al pequeño que yace en nuestro interior, básicamente significa matar
al motor del alma, ese motor que nos impulsa a dar un paso tras otro para
desplazarnos más allá de lo que muchos quisieran, quebrantando límites
impuestos artificialmente por quienes ostentan tesoros vacíos a costa del
hambre y la miseria de unos muchos nadies.
En términos puntillosos, un niño es un ser
curioso, hambriento de aventuras, lleno de vigor, y por sobre todas las cosas
una criatura que anhela, que imagina y esboza, que fantasea con ser la
encarnación más pura de sus utopías caminantes.
Es muy típico escuchar a un niño que exprese que quiere ser cuando sea
grande; que imagina, conforme a su fuente de energía, poder llegar a ser para
alcanzar la plenitud.
Aniquilar, anestesiar mejor dicho al niño que
yace en nosotros, significa prohibirnos del único medio más puro para elevarnos
como seres humanos. Con el caer de la arena en el reloj, dejamos de soñar y nos
hacemos presos de una realidad con la que nunca soñamos, y con la que nunca nos
identificaremos.
Reencontrarse con el pequeño adormecido implicaría
volver a imaginar. Un infante es una criatura inquieta, curiosa e
introspectiva que literalmente, se muere
por vivir a diferencia de nosotros, adultos victimas del maniqueísmo más
infernal que vivimos a costa de morir diariamente. Dejamos de lado nuestra
curiosidad por conocer creyendo que todo ya está dicho, y además cesamos de ser
agentes activos y creativos de nuestras vidas para que alguien más de afuera
nos moldee tal si fuéramos arcilla.
Los finales, tienen que tender a ser cortos y
concisos, hacer de lo pequeño una inmensidad, tal como una pequeña antorcha
puede alumbrarnos en medio de la inmensa oscuridad de una caverna. El niño
interior, pugnando por salir de la prisión creada por los abusivos poseedores
del poder coactivo, es aquel que tiene la posibilidad de soñar, de creer, y a
su vez de esperanzarse por cosas mejores. Es aquel que no pierde la curiosidad,
y se pregunta el porqué de todas las cosas, sin asimilar como natural la más mínima
cosa. Para hallarlo, habrá que elevarse como seres humanos en un viaje del tipo
introspectivo que no tiene desperdicio, lo que a su vez implica una sensación
semejante al dolor en un principio, tal como la inseguridad de un joven que
abandona la casa paterna para conocer el mundo. Pero a su vez, le otorgara
felicidad a lo largo del camino que como caminante forje, ya que es mejor y más
digno morir por haber vivido y no vivir una vida que muere a cada segundo un
pedazo más, algo así como una planta seca que sigue sobre la maceta.
Seamos pequeños, seamos niños, y dejemos
todos los miedos y las frustraciones atrás, para de esa manera encarar la abundancia
que trae la felicidad, y así crear un mundo nuevo conforme a la ley más humana
de todas que implicaría luchar por lo que cada uno cree que es conforme al
bien, y no padecer que una vida que nos deseque a diario.
Seamos simples, seamos honestos con nosotros
mismos, soñemos. En síntesis, seamos niños, que es allí donde nuestra gracia
reside.