No tengo nombre, no me puedo reflejar en un espejo. Solo
soy un espejismo.
Partiste, y solo
quedo una sombra de lo que fui; es como si la sombra de lo que fuiste me haya
dejado ensombrecido. Y ahora, después de
esa concatenación trágica de hechos, me di cuenta de que soy un fantasma, de
que no existo. Soy tan falso como una moneda de dos pesos, como el sentimiento
fraternal de dos personas que se abrazan para poder estar juntas siempre. Nada,
solo soy nada, y tampoco tengo mucho para decir.
Quizás en la otra
dimensión mi sombra no sea una realidad material, de carne y hueso; quizás sea
solo un reflejo como debe ser, un espejismo de que en realidad soy, y no una
muestra real de lo que soy. Por eso es que algún día, cuando la oscuridad se
apodere de mí, cuando las nubes tapen lo que queda de luz interior, preferiré partir
heroicamente, pero a la vez anónimamente, como alguien que se mueve
sigilosamente para nunca ser atrapado. Así será mejor, silbando y volando bajo,
para que la caída no sea tan fuerte, y su impacto no provoque más dolor.
Tal vez, en la
realidad subalterna, me encuentre con vos para que me devuelvas lo que alguna
fui, y de esa manera poder devolver te tu sombra que me tapa la visión del sol,
de lo que fui, de lo que alguna vez quise ser, y hoy no puedo ser: vos en mí.
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