Un
cierto día, la oruga rompió su capullo y se transformó en mariposa. Al hacerlo,
vivió más intensamente que nunca. Vio todos los colores que el mundo tenia para
ofrecerle, olfateo la gran diversidad de aromas que flotaban por el aire y se
percató dela enorme variedad de criaturas vivas que habitaban los cielos y las
tierras.
El día que la oruga muto para convertirse en
una mariposa, ese único día en el cual sus alas se expandieron para que pudiera
tocar los rayos del sol, ese día fue tan intenso, tan novedoso, tan revelador,
que sintió que ninguno de los otros días iban a ser tan bellos como el primero.
Temió caer en la rutina, temió no poder maravillarse nunca más con la belleza
que la vida pudiera ofrecerle. Al llegar la noche, se dejó caer, aterrizando
sobre un colchón de hojas que parecía estar esperándola. Sintiéndose plenamente
realizada con lo vivido y sentido durante ese único día, en el cual, a pesar de
lo efímero del momento, se había encontrado con el paraíso anhelado desde su
llegada a la vida, decidió entregarse al reposo eterno, para así atesorar en el
mundo de los sueños la infinita belleza que había tenido el placer de
contemplar, y que temía, con un cierto dejo de melancolía y desesperanza, no
volver a encontrar nunca jamás.