Ser libre hoy día implica estar solo en un
mundo uniforme, quedar relegado de una masa social solo por convicción, ser
visto como un monstruo al cual parece que hay razones para temer, excluir, y
también menospreciar. La gente se esfuerza por ser algo que no es, por ser
socialmente dignos de aceptación, por ser normales, dejando de lado quienes
realmente son. Dejan de hacerse cargo de sus propios sentimientos, para cargar
con la cruz que alguna vez supo cargar aquel nazareno que se hacía llamar Jesús.
A todo esto, la pregunta que debía aparecer
aquí se diluye; pero como toda cosa que podía ser y nunca fue, su breve
aparición en la línea del tiempo de cada ser finito puede seguir generando
interrogantes. ¿Por qué no empezamos a vivir haciéndonos cargo de lo que
sentimos? ¿Aún no nos dimos cuenta de que escapar de nosotros mismos es un
imposible? No quisiera nombrar la salida menos elegante, la única, para
escaparse de uno mismo, ya que sería ponerle un bozal a la palabra, un broche
final a mi relación con esa materia que nos permite expresarnos llamada
lenguaje.
En fin, nada parece tan simple como solo
vivir, pero a su vez, nada se torna tan complicado en nuestra jodida época, cuando
nuestra vida se reduce a tener que agradarles a unos cuantos que ni siquiera se
conforman con quienes ellos mismos son. ¿Queremos formar parte de eso?
¿Queremos la aprobación de un mundo que ha vivido equivocado; o mejor aún,
queremos realmente empezar a vivir, a ser libres haciendo de la vida nuestra
propia obra de arte? ¿No sería el mundo exterior un mejor mundo, si
estuviéramos mejor con nosotros mismos, si tan solo fuéramos sinceros con
nosotros mismos? No hay quien en el fondo, no pueda percatarse en un simple
acto de introspección, que el mundo exterior es un reflejo de lo que acontece
por dentro, eso que como decía “El Principito”, es invisible a los ojos. Para
eso, para destronar a la farsa reinante tenemos que acabar con esa ilusión que nos
hace ver como esencias libres que encarnan a la tan siempre hermosa palabra compuesta por ocho
letras llamada libertad. Alejémonos de la mentira en la cuales estamos
insertos, y miremos un poco para adentro. Preguntémonos si realmente somos
felices, si realmente nos permitimos fluir, o si solo somos unas meras
maquinarias dependientes del visto bueno de alguien que hace rato se desvió de
la ruta que lo adentraba a los bosques donde florece la vida. Cuestionémonos a
nosotros mismos sobre lo que somos, y si cuando éramos tan solo unos niños,
deseábamos llegar a ser la cosa en la que nos hemos convertido con el tiempo.
¿Por qué actuar como autómatas, vivir como
objetos? Cada persona es un mundo, cada sujeto es un individuo único. No
temamos ser diferentes; ya demasiado tiempo nos negamos a nosotros mismos. Si
queremos cambiar realmente nuestras vidas, empecemos por eso. Si queremos vivir
en un mundo verdaderamente libre, también empecemos por eso. Que mayor
hipocresía que un mundo que se dice libre cuando sus habitantes se convirtieron
hace rato en máquinas, que mayor falacia que una vida que hace tiempo dejo de
ser vida, que mayor sensatez que la de aquel que se conoce y vive su vida tal
cual es, conforme a su naturaleza y sin miedo a perder. Tal vez, lo que al
comienzo parezca una derrota, más tarde pueda convertirse en el escenario donde
resucite la verdadera persona, el lugar donde esta comience a existir para solo
fluir con la corriente de su corazón, dejándose arrastrar por el viento que
sopla desde su alma, resurgiendo así de sus propias cenizas tal como el Fénix
supo hacerlo después de haber sido consumido por el fuego.
Un verdadero cambio implica siempre la
muerte, pero en este caso no con la totalidad del hombre, sino que implica
asesinar aquello que alguna vez fuimos y nunca fuimos, ese personaje ficticio,
ese que simbólicamente construimos a diario, y que en realidad, no hace más que
cargar con las cadenas de la felicidad que realmente aparejan infelicidad,
desviándonos así del único objetivo por el cual la vida puede llegar a tener un
verdadero sentido: “ la felicidad”, que solo es tal cuando somos nosotros
mismos quienes coreamos su nombre.