Si bien desde que el hombre tiene noción de la cultura y del poder ha existido la intención de imponer una imagen ideal sobre la cual proyectarse y vivir acorde, esta época no es la excepción.
La posmodernidad, actual periodo histórico en el cual vivimos, está caracterizado por sobre todas las cosas por la tendencia al consumo de objetos que vienen de la mano de la ciencia y la tecnología, que aspiran a cubrir un vacío que de una manera u otra parece nunca poder llenarse. Pero, ¿Qué es ese vacío? Ese vacío corresponde a lo que Jacques Lacan denomino en su seminario número siete el “Das ding”. La noción de Das ding o la cosa se refiere a lo que Lacan comúnmente llama lo real, aquello que está siempre en el mismo lugar y sobre lo cual gira nuestro deseo.
En nuestros tiempos, el discurso del amo, más conocido como el discurso del capitalista actúa taponando nuestro deseo, es decir que mediante las distintas publicidades en los determinados medios de comunicación masiva se dedican a vender felicidad en cuotas o al contado, ya sea una máquina para moldear los abdominales y presentarse apuesto ante un público pendiente de las cuestiones estéticas o algún tipo de prenda que haya que vestir para poder ser “contemporáneo de uno mismo”, como diría Jacques Derrida.
Este tipo de marcar cual es el camino a seguir es pura y simplemente una manera de seguir fortaleciendo las relaciones de dominación y explotación sobre la sociedad, lo que conlleva a un malestar generalizado en la cultura. Si bien cierto malestar en la cultura es propiamente originario de la creación de esta misma, se debe admitir que hoy vivimos un periodo de profundas crisis.
En esta cultura del consumo y la estética, muy pocos son los que se hacen cargo de su verdadero deseo, de su más verdadera y profunda esencia, lo que explica que por más artículos técnicos o de moda que la gente pueda adquirir el malestar va a seguir estando presente.
Este malestar del que venimos hablando tiene su punto de partida en el hecho de que el deseo que muchas veces se sigue no es aquel que se condice con lo más propio de la subjetividad de cada uno, no es aquel que encaminaría a buen puerto a quien lo siguiese, sino que es aquel que nos imponen las actuales condiciones del mercado.
Esta cuestión del consumo, la estética, la imagen y por consiguiente el encaminamiento hacia un modo de vivir ha llevado a una cuestión también muy común en estos tiempos. Esta cuestión a la cual quiero referirme es la actual perdida de sensibilidad total ante el malestar del prójimo. Un individualismo exacerbado se ha impuesto sobre la mente de la gran mayoría de la gente, la que hoy en día no considera otra forma de vida que no sea aquel impuesto por las fuerzas hegemónicas de poder. Esto conlleva a un cierto tipo de intolerancia que lleva a juzgar modos de pensamientos e ideologías distintos, cosa que igualmente también ha pasado en todos los tiempos.
Si bien cabe aclarar que la posmodernidad ha abierto las puertas de la tolerancia a modos de vida distintos a los de la mayoría, tampoco lo ha hecho totalmente. Hoy por hoy los intereses relacionados con la obtención de la felicidad pasan por el hecho de poder adquirir distintos productos, acción la cual culminaría con la aparente felicidad de los consumidores.
Esta forma de pensar ha dado paso a que distintos malestares subjetivos sean considerados como cosas que están fuera de sí, que son anormales y por lo tanto es necesario reparar, tal cual si el hombre fuera una suerte de máquina.
Por esta razón es que el psicoanálisis, hoy en día como alternativa terapéutica está perdiendo lugar en la gran mayoría de los países industrializados.
Hoy en día, la gran mayoría de estos países, a la hora de una alternativa terapéutica se inclinan por terapias de corte cognitivas conductuales o también por el psicofármaco. Si bien estas dos maneras de afrontar los problemas relacionados con la salud mental son efectivos también, no llegan a lo más profundo, al punto de partida desde el cual parte el síntoma como si lo hace el psicoanálisis.
Los dos tipos de terapia primeramente mencionados se encaminan solo hacia la supresión del síntoma, sin inquirir que es lo que realmente pone en jaque al sujeto y lo cohíbe en su vida.
La sola intervención de estas dos alternativas terapéuticas sin la presencia del psicoanálisis viene dado por el hecho de que permiten mantener la misma estructura social debido a que al no hablar el aquejado sobre su deseo, al no poder explayarse sobre lo que realmente le pasa seguiría siendo, por así decirlo, un ciervo del actual capitalismo efervescente. En lo relativo a la cuestión por la cual una doctrina realmente tan humana como lo es el psicoanálisis de a poco desaparece en algunos lugares del mundo, otro factor que refuerza esto es la destrucción de los lazos sociales entre los distintos miembros de la sociedad.
En nuestra contemporaneidad es muy común descreer de todo proceso que pudiera llevar a una total armonía, a una total tolerancia y unión entro los distintos integrantes de una sociedad. Esta negación de la modernidad que es la posmodernidad, viene justamente de los fracasos que durante la modernidad se han sucedido, ya que durante esa época en nombre de la razón y de algo que se planteaba como bueno para todos se llegaron a cometer locuras de todo tipo que acabaron dando como saldo finales solo destrucción y muerte.
A partir de lo dicho anteriormente con relación a los errores de la modernidad es que en esta época no se cree más ya en el poder lo público como agente de cambio, en la participación de todos por un presente y un futuro mejor. Esta desconfianza en el poder lo público también ha llevado al menos precio de la palabra y a la adulación de la imagen. Es por eso que el capitalismo también pone tanto énfasis en la producción de la imagen, ya que la posible unión de todos en conjunto con la consecuente valorización de la palabra podría dar lugar a un nuevo orden social que algunos soñadores podríamos pensar, tal como lo dijera Karl Marx, el fin de la historia.
A pesar de que este tipo de pensamiento es utópico, a pesar de que la codicia y la intolerancia siempre fueron los dos grandes gérmenes que enfermaron a la humanidad, y es por eso que hoy en televisión es más fácil encontrar personas haciendo de las peleas un estilo de vida más que programas que de alguna manera u otra alienten a promover lazos solidarios.
El hecho de que en el mundo no haya personas iguales no significa que no se pueda establecer un lazo social y solidario. Enrique Pichón Riviere , quien a mi criterio consideraba consideraba al psicoanálisis como una herramienta de cambio social, planteaba que una totalidad está compuesta por partes diferentes que se ensamblan formando una suerte de todo o conjunto armonioso. Esto quiere decir que a pesar de las diferencias mediante el encuentro de los individuos con la palabra es posible engendrar un cambio social que permita vencer el estado de alienación en el cual el mundo se encuentra.
La prevalencia de la imagen por sobre la palabra es también muy frecuente en lo que sería el lenguaje de la calle, ya que es muy común que parte de la gente proveniente de la clase media o alta mire con cierto desprecio o indiferencia a una persona que vaya a saber debido a que circunstancia de su vida acaba viviendo en la calle, en vez de preguntarse, sensibilizarse y tratar de ayudar o comprender porque esa persona terminó de tal manera.
Al estar todo el énfasis puesto en el “querer ser como” y no en simplemente “ser”, el psicoanálisis como ya lo hemos dicho ha sido desplazado en muchos sectores por terapias que operan únicamente sobre el síntoma, en vez de que esas terapias trabajen en conjunto con la terapia psicoanalítica para llegar a propiciar un verdadero bienestar subjetivo.
El miedo a ser diferente o tal vez el hecho de creer que las cosas son así cuando en realidad están así, hacen que la sociedad naturalice todo este tipo de cosas anteriormente mencionadas, tales como la pobreza, la injusticia y demás tipos de plagas que azotan sobre la faz de la tierra.
Hacerse cargo del propio deseo, que cada uno realmente se haga cargo de su propio deseo sin expandir este propio deseo sobre las mentes ajenas conllevaría a otro estado de las cosas, lo cual desarticularía al actual discurso del amo, o sea, el discurso del capitalista.
Si bien el hombre al consumir, al adquirir aquellos artículos fabricados por la ciencia que juega a favor del mercado, adquiere cierto goce, lo que Lacan llamaba “plus-goce”, a mi entender se podría estar mucho mejor.
Esto no quiere decir que como sociedad podríamos alcanzar el goce supremo, la libertad total de cada uno de nosotros. Lacan planteaba esto en el seminario siete sobre la ética, cuando decía que el placer o goce total no se podía volver a encontrar ya que esa experiencia había sido vivenciada tan solo una vez, la primera.
A pesar de que la ciencia hoy es portadora del deseo, se sitúa en el lugar del deseo y asegura un goce parcial, también trae como casi todo lo bueno, algo malo. Esto no quiere decir que haya que desprenderse de la ciencia, sino que al mismo tiempo que avance la ciencia también debe poder crecer la solidaridad.
El psicoanálisis en la contemporaneidad se puede encargar de aquel sujeto que la ciencia forcluye, para comprenderlo, construir un saber junto a él y de esa manera no caer en pequeños autoritarismos donde un profesional le dice a un paciente lo que debe hacer para ser feliz, a la manera de una clase de moral.
Desde sus comienzos mismos, desde que Sigmund Freud descubrió el inconsciente, la cura por la palabra ha sido una teoría revolucionaria. En la modernidad, donde las mentes estaban aún más cerradas para la existencia de una teoría de ese tipo, el psicoanalista austriaco se atrevió a formular que la sexualidad existía ya en el niño, que la bisexualidad era constitutiva en el ser humano y hasta se animó a construir una teoría sobre el posible modo en que surgieron las distintas religiones sobre el escenario de la Tierra. Hoy en día, a pesar de que no todo lo que engloba a la posmodernidad es negativo, como ya hemos dicho existe una falta de sensibilidad, que también podríamos decir ha existido desde siempre. Todo aquel síntoma que no se manifieste a nivel del cuerpo, de la imagen, en muchos casos es menospreciado como tal. El psicoanálisis cumpliría su rol revolucionario instando a que todos podamos abrir nuestros oídos y escuchemos al verdadero ser que tenemos en frente.
Otras corrientes de pensamiento que también se encargaron, por así decirlo, de hablar sobre la libertad y emancipación del hombre fueron el marxismo y el existencialismo.
Según Kierkegaard, considerado el primer filosofo existencialista de la historia. Este filósofo plantea tres cosas que hacen que se lo considere un existencialista:
1) su individualismo moral.
2) su subjetivismo moral.
3) su idea de angustia.
En contra de la tradición filosófica que por esos momentos estaba de moda, Kierkegaard afirmaba que el bien más alto para un individuo es encontrar su propia vocación, es decir, algo así como ir tras su propia naturaleza. El filósofo danés decía que se debe buscar una verdad que sea verdadera para uno, una verdad por la cual se pueda morir o vivir. La idea que se esconde detrás de estas palabras es que uno debe escoger su propio camino sin la ayuda de normas o criterios universales u objetivos. Dentro de cada uno existe una determinada verdad, un deseo que hace las veces de su motor, que lo inspira a moverse para conseguir sus objetivos y vivir.
En contra de la posición tradicional de que el juicio moral involucra (o debe involucrar) una norma objetiva de corrección o incorrección, Kierkegaard sostiene que no se puede encontrar una base objetiva o racional en las decisiones morales. Esto también significa que la experiencia personal y estar de acuerdo con convicciones propias es esencial para llegar a la propia verdad que alberga en el interior de cada sujeto. Por eso es que ningún sistema ya sea de índole autoritario o no tanto no logra superar determinadas crisis, y de esa manera termina naturalizándolas.
De alguna manera u otra, esta corriente filosófica de la que venimos hablando denominada existencialismo, comparte demasiadas, no solo demasiadas, sino muchas cosas con el psicoanálisis, y por sobre todas las cosas algo que se puede considerar como esencia. Estas dos distintas teorías invitan a que el sujeto se encuentre con su propia verdad.
A pesar de la similitud mencionada, hubo durante cierto tiempo una discrepancia entre el existencialismo y la teoría psicoanalítica. Mas precisamente la discrepancia vino desde una de las más destacadas figuras del existencialismo y porque no de la filosofía entera, premiado con el Nobel de literatura en el año 1964, premio al cual rechazo. Tal personalidad mencionada es nada más ni menos que Jean Paul Sartre. En sus últimos años, tras los cuales intentara un psicoanálisis existencial que negaba a lo inconsciente, y en lugar de lo inconsciente impusiera la noción de mala fe ante la cual cada persona debía asumir su propio compromiso existencial, el mismo Sartre se dio cuenta de que se había equivocado y al fin de cuentas admitió la existencia del inconsciente freudiano.
La existencia de lo inconsciente está dada por el ingreso del sujeto a los marcos de la cultura. Este, al adentrarse a las entrañas de la misma, debe retener a aquellas mociones pulsionales dentro de si, y de esa manera posibilitar la sublimación hacia una actividad que no rompa con los moldes de todas las creaciones de la cultura.
La existencia de lo inconsciente y el hecho de tener que resignar una serie de mociones pulsionales que se podrían llamar naturales, muchas veces hace que todo intento de cambio ante una determinada situación cotidiana que aflige e inhibe a un individuo sea a veces muy difícil y no solo con la voluntad consciente alcance.
Esa instancia que controla constantemente nuestras actividades, llamada por Freud el superyó en su segunda tópica, hace que ceder ante el propio deseo no siempre sea tan fácil como debiera parecer, y mucho menos un lecho de rosas. Jacques Lacan, justamente planteaba que el ceder al deseo es lo que hace que se desencadene el desarrollo de angustia. Por tanto, como ya hemos dicho solo la voluntad consciente no alcanza para apaciguar el desarrollo del malestar subjetivo.
Otra corriente filosófica que toco el tema de la emancipación del hombre fue el marxismo. En este caso, la emancipación tenía que ver con romper las cadenas de la opresión con que la burguesía sometía al proletariado.
En lo que respecta a criterios, la avanzada del capitalismo y lo que se podría pensar como la derrota final del marxismo ha culminado en la popular creencia de nuestros tiempos, que las cosas no se pueden cambiar, lo cual influye en la escasa confianza que se tiene en el poder de lo público y la participación colectiva. De esta manera y mediante el planteamiento que venimos haciendo, no suena descabellado hablar de la destrucción de los lazos sociales como una de las características de la posmodernidad.
A pesar de los errores que se cometieron en la modernidad, no todo era malo y sobre todo lo mejor y lo que habría que rescatar de ese periodo de tiempo es la idea del progreso y el poder de lo público como herramienta para tal cambio. Recuperar esto también sería hacerse de un arma fundamental siempre que se quiera hablar de un estado o sociedad mejor. Sería volver a reencontrarse con la historia, para de esa manera revisar el pasado, descartar lo negativo y rescatar lo positivo, y de esa manera construir con un horizonte consensuado.
Dentro de la teoría marxista había una verdad que hablaba sobre la libertad del hombre alienado por el manejo de las riendas del mercado capitalista a manos de la floreciente burguesía. Para liberarse de este mal que aquejaba a aquellos individuos explotados en las grandes fábricas de las ciudades industriales, Marx planteaba como sumamente necesaria la unión de toda esta pila de individuos explotados como el comienzo de lo que el llamaría una revolución. Para tomar esto y hacer un lazo con el psicoanálisis, podríamos decir que para que tal unión sea conjunta como tal y se pueda producir verdaderamente es necesario de la palabra, del ir y venir de significantes de una boca a una oreja.
Para poder estar unidos, y en principio también para poder aglomerarse conjunta e ideológicamente en pos de un objetivo común, es necesario el uso de la palabra, lo cual también facilitaría la posible creación de un nuevo orden social el cual para ser instaurado no necesite de un baño de sangre anterior. El actual individualismo exacerbado y la falta de unión entre la población, es el blanco de crítica de los marxistas contemporáneos.
Desgraciadamente, esto, de pensar un proyecto en común, no se ve en ninguna civilización. El afán de codicia y de poder ha acabado con el compromiso social, con el afán de instaurar ciertos valores democráticos de igualdad y ciudadanía, los cuales serían esenciales para asegurar situaciones tales como la actual inseguridad, el hambre y la pobreza, cosas que hoy en día se han naturalizado por parte de la gran mayoría de las personas.
Si bien se podría pensar esto como un circulo, donde una persona de bajo recursos no puede conversar con una clase de clase alta por el hecho de creer que puede ser juzgado, y también la persona de clase alta comúnmente y según lo que se ve puede llegar a creer que la persona de clase baja va a intentar cometer algún tipo de delito contra su humanidad, hay que poder abrirse al dialogo y comprender que los actuales malestares y crisis están vinculadas al afán y codicia de una suerte de personajes que infunden o tratan de infundir soluciones que atenta contra la humanidad propia de cada sujeto; sujetos que necesitan ser escuchados, comprendidos, tal como Freud hizo con sus histéricas hace más de cien años.
Sigmund Freud fue uno de esos personajes raros e incomodos para su época, ya que debido a su revolucionario método terapéutico y a su teoría que rompía con los moldes de todo lo establecido, trata a aquellas personas que sufrían un determinado tipo de padecimiento que los llegaba a inhibir en sus vidas, como seres humanos y como seres vivos, que necesitan uno de otro para poder salir adelante y no métodos que los alejen más y más de la sociedad y de su restablecimiento emocional.
A pesar de lo dicho anteriormente, de la unión de cada uno como ciudadanos, de lo que fue la puesta en escena de una teoría como la de Sigmund Freud, lejos se encuentra actualmente la humanidad de darle lugar a cosas de esta índole. El afán de codicia y poder ha acabado con el compromiso social, con el afán de instaurar ciertos valores que nos permitan vivir bien y en verdadera unión. Este afán anteriormente mencionado supera a cualquier entusiasmo por progresar como humanos, que sería lo esencial. Asistimos a un periodo histórico donde las guerras por el petróleo terminan en el sometimiento de toda una cultura, a la cual se hace pasar por locos, terroristas o perversos con todas perversiones para de esa manera justificar un atentado como lo es una guerra. También asistimos a un periodo histórico donde las disputas por ver quién tiene la verdad política absoluta, celestial, se encuentran por encima de las necesidades del pueblo; cosa que revela una suerte de enorme Narciso dentro de cada animal político.
En referencia a todo esto, surge una pregunta, ¿Dónde quedo la palabra? ¿Dónde quedo la sensibilidad hacia el otro, el afán de construir algo mejor? El menosprecio que se tiene por la palabra hoy día es lo que hace que el psicoanálisis, como método terapéutico, en muchos lugares del mundo vaya desapareciendo. El menosprecio por la reflexión y el pensamiento, cuestiones propias del periodo en que vivimos, hace que la mayoría de la gente se incline por cosas más breves y a la vez que no impliquen una verdadera reflexión, tal es el caso de la avanzada del psicofármaco en el mercado.
Esta progresiva desaparición del psicoanálisis en lo que respecta como modo de abordaje terapéutico, ¿podría tener algo que ver con el actual interés de las grandes corporaciones que manejan el mundo; aquellos intereses de dominación y explotación? Por algún momento la respuesta podría ser y parecer positiva. La fragmentación de la sociedad, la creación de personalidades individualistas que han dejado de creer en el valor de la palabra como herramienta de cambio, como método para escuchar las necesidades ajenas y de ese modo acordar para que necesidades propias y ajenas sean satisfechas sin que nadie salga dañado, ha contribuido a hacer que se consideren fenómenos naturales la actual crisis.
Una prueba del actual menosprecio por la palabra en nuestra contemporaneidad y de la adoración por la presencia y la imagen, se da en el plano político. Allí es muy común que hoy día la gente elija entre los determinados por cómo se presenta, por su carisma y su imagen y no por lo que realmente expresa cuando abre la boca.
A pesar de que la práctica psicoanalítica como terapia ha perdido vigencia en muchas partes del mundo, donde prevalecen terapias que atacan directamente al síntoma, en la República Argentina y en Francia siguen lo suficientemente vigentes. Dentro de esta vigencia actual de la teoría analítica en esas dos partes del mundo, puede rescatarse como un hecho sumamente positivo. Esto significa que en alguna medida la palabra, la escucha y la comprensión de un síntoma para aplacarlo conjuntamente están vigentes. La posibilidad de que dos personas construyan un saber no sabido esta de alguna manera vigente.
Esto quiere decir que el uso de la lengua no solo puede estar al servicio del discurso del amo, es decir, al servicio de aquellos quienes pretenden instauran un modo de vivir y de pensar, sino que puede estar al servicio de lo que se podría llegar a llamar una “revolución cultural”, término que un determinado momento histórico acuño Mao Tse Tung. Una revolución cultural como la que se plantea aquí, sería la verdadera consecuencia de una lucha entre todos, y el triunfo de aquellos que valoran el valor de la reflexión, el pensamiento y la ideología.
En esta revolución cultural anteriormente planteada, el rol del psicoanálisis y del psicólogo podría ser fundamental, ya que la principal herramienta de trabajo de estos profesionales encargados de bregar por la salud emocional son nada más ni menos que la escucha y el habla. Esta teoría que habla sobre la existencia de lo inconsciente, que enumera a todos los sueños como unas formaciones al servicio de unos cumplimientos de deseo que tienen su más profunda raigambre en la vida sexual de la infancia, puede ser usada para liberar a cada uno de nosotros de aquellos manejos que nos hacen títeres del modo de cultura impuesto por el consumismo.
A pesar de que la posmodernidad ha abierto las puertas de la tolerancia, en cierta medida hay una cierta dualidad, un resto que hace que las cosas no condigan tanto como esto mencionado con anterioridad. El actual multiculturalismo, el que debe existir porque es propio de la naturaleza de los hombres que unos se identifiquen más con algunos que con otros, abre en cierta medida las puertas de la intolerancia. Esto se debe a que nadie parece poder convivir con una imagen que no sea la de un semejante; este caso es muy visible en la existencia de diferentes tribus urbanas que no dudan ni un solo instante en pasar al acto, en ejecutar un acto violento cuando ven a otro individuo que no se les parece. También esto se ha hecho muy visible en los espectáculos deportivos, donde la simple diferencia en la forma y color de una camiseta deriva en un sinfín de actitudes violentas.
Anteriormente, hace unos años atrás, la mera existencia de una personalidad en lo que respecta a la apariencia exterior distinta a la ideada por las fuerzas hegemónicas a cargo del poder, derivaba en sanciones que inclusive podían llevar a la muerte. Si bien eso hoy en día no sucede, la intolerancia sigue existiendo, y aunque las distintas tribus, gente que llevan un modo de vida en apariencia muy distinto no se percaten, todos son presos de imágenes impuestas por el mercado. El hecho de dejar atrás estas estúpidas diferencias y percatarse de que tienen más cosas en común de lo que en apariencia parece, el hecho de saber que el malestar que sienten cada uno de ellos puede ser no desterrado totalmente, pero si estabilizado tal cual la estructura psíquica de una persona, se estaría creciendo enormemente como seres humanos. Esto es lo que realmente constituiría el triunfo de la tolerancia.
El psicoanálisis debe ser replanteado, y al serlo debe ser puesto en la posición de una doctrina revolucionaria. Debe poder ser reavivada esa llama que llevo a Freud a enunciar aquellas teorías que despertaron tanta controversia en los tiempos en que fueron formuladas. Una teoría como el psicoanálisis, tanto sea en la modernidad como en la posmodernidad, difícilmente pueda ser acogido sin algún tipo de reparo. En la modernidad, donde se pretendía instaurar una suerte de razón única y actualmente, en la posmodernidad, donde el actual sistema capitalista también quiere alimentar a nuestro ser interior para guiarlo día tras día en todas sus decisiones; el psicoanálisis no encajaba ni se podría decir que encaje si las expectativas de los que ocupan la punta de la pirámide son estas.
Es de público conocimiento que todo lo que planteo Freud fue altamente criticado y desdeñado, sobre todo por los viejos neurólogos y psiquiatras cuyas teorías estaban cercanamente vinculadas con el positivismo imperante por esos tiempos. Pero Freud, firme en sus convicciones, no dejo de luchar por lo que creía correcto y en consecuencia, siguió investigando y escribiendo hasta sus últimos días.
Un concepto de la teoría freudiana que marco un rumbo gracias a lo cual se podría considerar al psicoanálisis como una teoría revolucionaria, es el concepto de pulsión. Este concepto acuñado por el psicoanalista austriaco vendría a ser una suerte equivalente a lo que el instinto es para los animales. Por pulsión se entiende a un saber impregnado de subjetividad, es decir, mediado por la subjetividad de cada uno, a diferencia del instinto que es un saber sin sujeto, que solo se rige por los mecanismos heredados por la biología.
El concepto de pulsión puede considerarse como un corte tajante con el reduccionismo biológico, ya que de esta manera se puede pensar es una verdad que no sea la misma para todos, una verdad que no viene asignada por la biología, que no se nos aparece como la única posible y que puede variar dependiendo de los distintos contextos culturales, sociales y por supuesto psíquicos. Este concepto empleado sobre el campo de lo social puede significar un importante paso para la comprensión del sujeto humano.
Esta pulsión de la que acabamos de hacer mención, como ya dijimos no solo está regida, no solo es puesta en movimiento y ejecutada en una meta por la mera participación de determinantes puramente biológicos. Sino que en este concepto también participan determinantes psíquicos propios de cada sujeto y socioculturales.
Sigmund Freud planteaba que en relación a la pulsión siempre va a haber algo que va a ir a parar al interior del inconsciente, algo que va a ser reprimido porque no condice con lo construido para la cultura a lo largo del tiempo.; por lo tanto, siempre va a haber un cierto malestar en la cultura. A pesar de esto, el sujeto humano se las arregla para satisfacer eso ahora bajo la represión en la realidad de manera parcial y sometido a hacerlo bajo determinadas condiciones; pero también existe otro lugar donde aquellos deseos que actúan como motor del alma humana pueden darse expresión, Tal lugar es el del arte.
El arte, en todas sus diferentes expresiones sirve para dar libre curso a esos deseos que pugnan por liberarse de alguna, y aparte de esto, también puede servir para ser el medio de comunicación más preciado a la hora de manifestar el malestar que puede llegar a sentir una persona o una determina sociedad en un contexto histórico determinado. Un claro ejemplo de esto fue el movimiento musical iniciado a finales de los ochenta y principios de los noventa, conocido popularmente como grunge. Este movimiento musical se caracterizaba por tener una filosofía que iba en contra de todas las modas, de todo lo impuesto por el mercado, y por tanto relacionado con el consumo. Desde la estética de los representantes musicales de este género hasta su actitud en lo cotidiano los días, la imagen que se quería dar era la de un grupo de gente “antiestéticos” de alguna manera. A pesar de esta intención que se sostenía, no pudieron escapar a las redes del capitalismo que como a todos nosotros, los albergaba en su interior, y de esta manera pasar a ser una moda. Un claro ejemplo de esto fue la masiva cantidad de discos que vendió la banda más popular que dio este movimiento musical, Nirvana, con la aparición de su disco Nevermind. Tiempo después de la salida de este disco y del éxito comercial que obtuvo, Kurt Cobain, líder y vocalista de la banda, llego a odiarlo por haber convertido a su banda en aquello que nunca quiso llegar a ser, una moda más en un mundo superficial.
No solo en el mundo del arte hay gente que expresa su malestar, y de esa manera se revela contra aquello que cree injusto y ataca la sensibilidad humana. Sino que hay también ciertos sectores de la sociedad, que aunque no sean vastos, se niegan a vivir en un lugar donde los lazos sociales y solidarios que tendrían que unir a los distintos seres humanos en pos de un verdadero progreso se desintegren. Tal es el caso de la gente que de manera pacífica va a reclamar a las calles en busca de soluciones a ciertos conflictos existentes, aquellas personas que se movilizan sujetos a ideales que creen justos. Casos de esta índole abundan, pero uno que ha resaltado en estos últimos días fue el del estadounidense de orígenes afroamericanos Troy Davis, acusado de matar a un policía. A pesar de que el juicio que condeno a este hombre a la pena de muerte por inyección letal fue demasiado confuso, el tribunal a cargo de este juicio decidió la sentencia que lo condenaba a morir. Tal juicio podría ser caracterizado como confuso debido a que siete de los nueve testigos que declararon contra Davis, se retractaron y acusaron ser presionados por la policía para declarar en contra del entonces acusado del crimen.
Tras todo esto que sucedió, gente que no es partidaria de este tipo de condenas y que inclusive creían en un típico caso de piel a la hora de haberse dictado la sentencia, se movilizo por las calles pidiendo cordura y que se acabe con este tipo de condenas.
El hecho de que haya gente que se movilice, es un claro indicio de que no todo está perdido en la posmodernidad, que la sensibilidad y el tacto ante el dolor ajeno siguen estando presentes aunque sea en un sector de la comunidad. Justamente algo parecido a esto promueve el psicoanálisis, el tacto y el oído para calmar las dolencias subjetivas ajenas, con el objetivo de encaminar a este a un estado de bienestar que pueda hacerlo sentir mejor consigo mismo.
Ahora bien, una pregunta que surge es como se podría instaurar este compromiso social anteriormente mencionado en una época donde el individualismo exacerbado crece día tras día. La respuesta a primera impresión es de incerteza y de duda, pero también de esperanza.
Hablando netamente del psicoanálisis como herramienta de cambio social, es importante señalar que en la década de los sesenta, en la República Argentina, se gestó una ruptura dentro de la A.P.A (Asociación Psicoanalítica Argentina). Esta ruptura se debía a que Enrique Pichón Riviere, junto a otros integrantes de la A.P.A, creían que el psicoanálisis debía ser una doctrina que se comprometiera con las cuestiones de orden político y social, asegurando en el cambio social es donde adquiere sentido todo practica en el campo de la salud mental. De esta manera, Pichón enalteció la posición de los distintos trabajadores de la salud mental, lo que hizo que muchos se volcaran por estos mismos intereses que movieron a Pichón a alejarse de la A.P.A.
Lo que se trata de fundamentar a partir del ejemplo de Pichón Riviere es que el rol del profesional de la salud y del psicoanálisis podría llegar a ser de suma importancia, al igual que el rol de cualquiera que quiera sumarse y abonar lo suyo. El psicoanálisis cuenta con el don de la palabra como herramienta de trabajo, que es aquel instrumento con el cual se puede persuadir, calmar algún malestar y lo más importante, construir un saber no sabido en el apaciguamiento del malestar. Esto permite pensar la existencia de una totalidad compuesta por partes distintas en las que a pesar de las diferencias se puede construir algo.
El multiculturalismo que existe en la actualidad no tendría porque significar falta de dialogo entre distintas partes ni tampoco un elemento para encerrarse en una suerte de mundo propio compuesto solo por partes iguales. Como sociedad se debe poder volver a ver al futuro y encontrar de esa manera un horizonte. Se debe ser consciente de que un modo de vida distinto al de una persona que como seres humanos, no puedan comunicarse entre sí para pensar y de esa manera construir un nuevo mundo.
El psicoanálisis no debe ser visto como una teoría que atente contra todos los logros culturales de la civilización. Tampoco debe ser visto como algo que justifique la libertad del hombre a tal punto de no solo tocar el tema de la libertad para hacer el bien, sino también para cruzarse de vereda y cometer las peores aberraciones, cosas que en su momento había planteado Sade aunque no en referencia con el psicoanálisis, sino en uno de sus pensamientos.
De lo que se trata este descubrimiento freudiano es de otorgar al hombre la libertad de poder acceder a sus deseos sin un desprendimiento de angustia, y además sin violentar los tabúes y reglas sagradas impuestas desde la cultura. Es necesario comprender esto para volcar los desarrollos freudianos al campo de la psicología social, para entender que el psicoanálisis nunca es individual, ni siquiera puertas adentro de un consultorio. Y esto se puede justificar en la manera en que siempre necesitamos, como sujetos, de algún otro para satisfacer nuestras demandas.
Ya en la obra freudiana denominada “psicología de las masas y análisis del yo”, se explica que la relación de un individuo con sus padres, sus hermanos, su objeto de amor, vale decir, todos los vínculos indagados por el psicoanálisis tienen derecho a ser reclamados fenómenos sociales. Otra prueba que de Freud de esto es que en los fenómenos de masa tanto como en la relación de un individuo cualquiera con otra persona se producen idénticos fenómenos, tales como la transferencia y la identificación. Una clara muestra de esto puede ser la identificación que un niño puede sentir hacia sus hermanos para con el amor que estos y el sienten ante sus padres, y la identificación que se da en una masa psicológica por el hecho de poner en el lugar del ideal del yo a la figura de un mismo líder, tal como es el caso de Cristo en la iglesia católica.
Para ir concluyendo con este escrito, sería importante enumerar una serie de conclusiones salidas de este trabajo. En primer lugar, que una de las cosas más propias de la posmodernidad es el predominio de la imagen por sobre la palabra, la reflexión y el pensamiento; por lo cual es frecuente que la mayoría de las personas ante una apariencia exterior que no condice llegue a hacerse la idea de que dentro de ese camuflaje exterior no hay un ser humano con el cual pueda establecer un lazo fraterno.
Otra cosa de suma importancia es que la masividad de productos puestos a la venta y promovidos como hacedores de felicidad y bienestar, crean una cierta confusión sobre lo que realmente podría ser propicio para un bienestar general a nivel colectivo, que es la participación solidaria de todos.
Como anteriormente mencionamos, el psicoanálisis ha sido extinguido en muchos países como alternativa terapéutica, y si de teorías conspirativas hablamos tal vez sea porque su discurso, no va por la misma senda que el del actual amo, el del capitalista. Una teoría que habla sobre el hecho de poder encontrarse con lo más propio de cada uno tal vez no sea lo más conveniente para un discurso que justamente forcluye al sujeto, que es el de la ciencia actual al servicio del capitalismo, para poder seguir teniendo una posición dominante en la pirámide.
El rol de cada uno de los profesionales en el campo de la salud mental, es no solo propiciar el bien individual de un determinado paciente, sino también tratar de luchar por el bien colectivo de la sociedad, a la manera de una atención primaria permanente. Partiendo de esto, el rol del psicoanalista puede ser el de mediar para que entre todos juntos se pueda generar un lazo social solidario basado en la escucha y el habla, donde cada cual respeto lo propio del que tiene en frente, donde prevalezca la comprensión al juzgamiento.
La teoría psicoanalítica puede llegar a tener un rol revolucionario en la sociedad, y que pase a tenerlo va a depender de que todos aquellos que están comprometidos con este saber tengan un sentido de comunidad por el cual progresar en pos de un nuevo y mejor modo de organización social.
Las utopías pueden ser siempre utopías, pero su contenido, el deseo que llevan insertos son el motor que mueve a cada uno en su vida. Por lo tanto, soñar no tiene nada de malo, y luchar por lo que uno cree es lo que genera en todos los seres humanos la sensación haber encontrado un sentido en la vida y algo por lo que valga la pena vivir día tras día.