Un
abrazo tiene el poder de sostenernos cuando los vientos que traen desesperanza,
soplando fuerte, amenazan con derrumbarnos. Una mirada tierna, el fuego que
irradian los ojos cuando las almas están bañadas por la bondad, tiene el poder
de mostrarnos que más allá de todas las adversidades, al final del camino,
siempre hay una luz que nos invita a que la alcancemos, para así quedarnos bajo
su velo y jamás volver a sentirnos víctimas de la soledad, recluidos en las
sombras. Un oído que escucha, un oído que no huye cuando nuestras gargantas,
atravesadas por el dolor, necesitan desanudar los tormentos que las aprisionan,
hace que nuestras almas regurgiten todo el sufrimiento que las encadena, para
así ser libres finalmente, y poder volver a amar, poder volver a ser uno con la
posibilidad de dar y recibir amor.
Para no perdernos a lo largo del camino, siempre
es bueno tener a un amigo a nuestro lado. Ellos, cuando son auténticos, nos
entregan sus corazones para que allí depositemos todas nuestras penas, nuestras
lágrimas, y compartamos juntos el dolor, apaciguándolo, hasta que deja de
existir, se esfuma, desaparece, para así no volver nunca más. Ellos, cuando no
encontramos ningún otro sentido más allá de la muerte, nos invitan a recorrer
el mismo camino, para finalmente, juntos, encontrar un nuevo lugar donde
habitar; un lugar en el cual anide la vida, en el cual la tristeza solo sea un
mal recuerdo, un lugar en el cual no se encuentre el dolor, en el cual las
únicas lagrimas que existan solo sean aquellas que broten fruto de la alegría.
Al final de cuentas, un amigo es aquel que siempre se encuentra a nuestro lado, para que sigamos flotando, para que sigamos siendo, para que sigamos existiendo.
Al final de cuentas, un amigo es aquel que siempre se encuentra a nuestro lado, para que sigamos flotando, para que sigamos siendo, para que sigamos existiendo.