domingo, 11 de noviembre de 2012

Alma gemela



¿Qué significa vivir, cuando tu fuente de energía se disipa día tras día, se obnubilan arquetipos que ayer se erigían en sublimes estandartes imaginarios que hacían reflejarse a tu espíritu e irradiar la llama proveniente de su corazón a punto de devolverle el calor al espíritu?
  Es cierto que el monumento en el cual rendía culto a la existencia no era más que un simple costal de carne y huesos, como cualquier ser humano que llega para cumplir una etapa a este mundo. Sin embargo, tal esencia mortal que nada celestial exponía ante la vista de mis coetáneos, era para mi persona el éter que le permitía divagar libremente por un submundo de fantasías de ensueño donde el dolor no tenía permitido el acceso, y la alegría era como el pan de cada día.
  Y ahora que su mano se ha desprendido de la mía, que sus ojos ya no ven lo mismo que los míos, la soledad ha sido la única compañera fiel para mis tardes grises, donde la melancolía se erige tal cual un reino que somete a mi sentir cual si fuera uno de sus plebeyos.
  Tal es así, que extrañarla se ha convertido en mi pasatiempo favorito. Y cuando lo hago, recuerdo cuan indispensable era su imagen  para encender el motor de mis deseos, y darle rienda suelta a eso que algunos bienaventurados han llamado “vivir”.
  Su ausencia se apodero  de mi voluntad, y hoy no hago más que retirarme al submundo de mis recuerdos para sentir retrospectivamente el aunamiento que nos convertía en un solo ser; entelequia para la cual la incompletud, el vacío y la soledad eran estados indiscernibles que nada tenían que ver con su realidad existencial.
  Las cosas fueron  siguiendo su curso, pero violando el curso natural conforme lo que podría haber sido y hoy no es. Convertido en un ser que ha quedado preso de una hermosa madeja de recuerdos, hoy no hago más que evocar su sonrisa, hoy no soy más que un esclavo de aquello que alguna vez hizo que viera en sus ojos todas esas cosas que me faltaban para alcanzar la plenitud propia de una persona feliz.
   Sin embargo, que su insospechada figura sea la cárcel de mi voluntad, no es una tortura tal cual muchos pudieran concebir; y si lo es, seguramente sea la tortura más hermosa que haya existido nunca. Rememorar su imagen es como la flor en medio del desierto que anuncia que en algún lugar del espacio hay agua para poder saciar mi sed. Evocar su sonrisa, es asegurarme de que el paraíso no se erige tan lejos como algunos profetas han querido hacernos creer. Y recordar que su existencia es real y no una mera ilusión fruto de mis deseos, es corroborar  que el mundo en el cual me ha tocado vivir es hermoso, ya que mi mundo no es otra cosa más que los momentos en los cuales ambos dos fuimos solo uno.