Construir en estos tiempos no es nada fácil. Los
castillos de arena que con esfuerzo se construyen, son arrastrados por la furia
de la marea que se abate contra sus cimientos.
Enarbolar un
plan, un proyecto, requiere de una coraza que lo proteja de los embates
sinuosos que no lo dejan crecer, dejar de ser un proyecto para convertirse en
un puro presente, dejar de ser una larva para convertirse en una mariposa y así
volar libremente.
El crecimiento
personal, para alcanzar las banderas de un algo inesperado que se oculta tras
la cara visible de lo esperado, requiere de una seguridad en cuanto a materias
de ideales, de fortaleza para no caer por el primer proyectil lanzado al cielo
al momento en que uno se predispone a abrir las alas.
Y no solo que se
requiere tener cuidado de los proyectiles venidos desde afuera, sino también de
aquellos que bombardean desde adentro. La inseguridad, el temor al fracaso, son
moneda corriente en una sociedad que no conoce de grises, sino que se mueve de
lleno en las extremidades del odioso fanatismo que implican lo blanco o lo
negro. No es ocioso ni casual que en miles de millones de años, no hayamos
aprendido a vivir como debiéramos, construyendo algo mutuamente para de esa
manera ser todos participes de un hábitat realmente igualitario e integrativo
para todos.
Pero así es que
estamos, queriendo ser dueños de una razón que no existe, queriendo ser
coronados como próceres a costa del malestar ajeno, olvidándonos que todos
tenemos algo para aportar, algo que no es un todo pero si una parte de ese
momento ideal. Igualmente, y a pesar de eso, confió en que algún día dejemos de lado nuestras contrariedades, y hagamos de
ellas algo más productivo que un generador de odio. Bendito seria el día en que
nuestras adversidades se transformen en puntos de vista contrarios que
contribuyan a la ampliación de nuestras mentes. Agraciados serian nuestros
presupuestos si dejaran sus deseos de grandeza y absolutismo, para comprender
que realmente somos nada más que
personas, entre las cuales nadie es más ni menos que nadie, sino que cada cual
es dueño de virtudes que le son únicas, y que junto con las de otros seres
podrían dar rienda suelta a un proceso de reconstrucción social revolucionario
que deje de lado las codicias, los anhelos de fama y reconocimiento por sobre
los demás, incluyendo también todas las
otras cosas que no hacen sino más que embaucar nuestra propia existencia.
Anhelo
fervientemente que llegue tal momento. Sé que no será fácil, sé que las palabras
son tan solo palabras, y el viento como el tiempo se las pueden llevar a un
lugar recóndito del cual nunca volverán. Sé que pueden perpetuarse, y para ello
deben evolucionar hasta convertirse en acciones. Si las palabras se convirtieran
en acciones nobles, existiría la probabilidad de que estas se transformen en un
cosmos gentil y equitativo. Ojala así sea, ojala las palabras no sean
arrastradas al olvido, ojala se traduzcan en acciones, y ojala estas acciones
queden impregnadas para siempre en la memoria colectiva que es la memoria del
mundo, la única que nos hermana y en un futuro, quizás lo haga de manera
universal.