Hay momentos en el día para los cuales la pesadumbre de la materialidad puede
esfumarse cual si fuera una ilusión óptica, cual si estuviera compuesta de una dudosa materialidad que
apenas puede aprehenderse mediante la potencia de los sentidos.
Esos momentos, y
no otros, son los que alimentan a mí ser con una bocanada de inconmensurable
paz, esa misma esencia que la ataja de los peligros de la locura y la
desesperanza a los que tan proclivemente puede llegar a rendir culto.
Cuando llegan
ellos, cuando advienen tan alegremente a mi conciencia, logran despertar al
hombre que durante años pasó su mayor parte del tiempo invernando, esperando hasta
que llegue una primavera que anuncie un mejor devenir para las condiciones mutables de la existencia. He ahí que la primavera tan deseada en la
intimidad de mis días, llega, aunque mas no sea de manera breve, y los niños
salen a jugar por el florecido jardín que ella les ofrece.
La nieve que
rodea los árboles, y no deja florecer
los tallos que majestuosamente adornan la
corona que el artista universal diseño para ellos, se derrite, para dar paso a la inconmensurable
belleza de la vida y al inusitado despertar después de un largo invierno
existencial. Lo que antes había simbolizado penumbra, lo que no había dejado
florecer al deseo de poder crecer ilimitadamente hasta tocar los rayos del sol
y sentir su calor penetrar hasta las profundidades del corazón, cesa de
existir, dando paso de esa manera a una
carretera donde el camino hacia el Edén
se transforma en un eterno corretear por los jardines que todo hombre
supo habitar durante su niñez.
No es un placer
terrenal, no es un anhelo ni un deseo que se relacione con la posesión de
bienes materiales; solo son momentos en los cuales se le permite a un hombre
caminar los senderos que durante su infancia tuvo que abandonar por algún
momento, pero que en su interior siguen siendo la llave para abrir el cofre de la
felicidad, y reencontrarse con todos esos amigos de los cuales alguna vez tuvo que
despedirse dolorosamente.
Esos pequeños
instantes, esas pequeñas ficciones que habitan en nuestros escondrijos más
profundos, son las que nos empujan a abrazar el alba mañanero para hacer de la materialidad sensible un lugar tan bello como el que se
representa en lo más hondo de nosotros. Son ellos, y ninguna otra cosa, los que
nos ayudan a ponernos de pie tras las
tempestades que amenazan con destruir el núcleo de nuestros deseos. Son ellos,
y solo ellos, quienes anuncian que más allá de lo meramente percibido, hay algo
mejor, hay un lugar para el cual la
soledad ha sido erradicada, y donde millones de amigos esperan para poder
fundirse en un abrazo que transforme a todos los presentes en un solo individuo.
Son los sueños, y ninguna otra creación, los que llenan de sentido al devenir
de la existencia, los que permiten al
hombre elevarse por sobre todo lo racional para encontrase con todos esos a quienes creía haber perdido en el camino, y aquellos que nos ayudan a seguir cada vez que tropezamos mientras
añoramos la calidez de sus mantos; ya que mientras arda la chispa del recuerdo,
el corazón va a nutrirse de su calor para nunca desistir y encontrar el paraíso en el cual no haya más racionalidades que la de ser meramente una persona feliz.