lunes, 11 de febrero de 2013

¿Libertad?


 Ser libre hoy día implica estar solo en un mundo uniforme, quedar relegado de una masa social solo por convicción, ser visto como un monstruo al cual parece que hay razones para temer, excluir, y también menospreciar. La gente se esfuerza por ser algo que no es, por ser socialmente dignos de aceptación, por ser normales, dejando de lado quienes realmente son. Dejan de hacerse cargo de sus propios sentimientos, para cargar con la cruz que alguna vez supo cargar aquel nazareno que se hacía llamar Jesús.
  A todo esto, la pregunta que debía aparecer aquí se diluye; pero como toda cosa que podía ser y nunca fue, su breve aparición en la línea del tiempo de cada ser finito puede seguir generando interrogantes. ¿Por qué no empezamos a vivir haciéndonos cargo de lo que sentimos? ¿Aún no nos dimos cuenta de que escapar de nosotros mismos es un imposible? No quisiera nombrar la salida menos elegante, la única, para escaparse de uno mismo, ya que sería ponerle un bozal a la palabra, un broche final a mi relación con esa materia que nos permite expresarnos llamada lenguaje.
  En fin, nada parece tan simple como solo vivir, pero a su vez, nada se torna tan complicado en nuestra jodida época, cuando nuestra vida se reduce a tener que agradarles a unos cuantos que ni siquiera se conforman con quienes ellos mismos son. ¿Queremos formar parte de eso? ¿Queremos la aprobación de un mundo que ha vivido equivocado; o mejor aún, queremos realmente empezar a vivir, a ser libres haciendo de la vida nuestra propia obra de arte? ¿No sería el mundo exterior un mejor mundo, si estuviéramos mejor con nosotros mismos, si tan solo fuéramos sinceros con nosotros mismos? No hay quien en el fondo, no pueda percatarse en un simple acto de introspección, que el mundo exterior es un reflejo de lo que acontece por dentro, eso que como decía “El Principito”, es invisible a los ojos. Para eso, para destronar a la farsa reinante tenemos que acabar con esa ilusión que nos hace ver como esencias libres que encarnan a la tan  siempre hermosa palabra compuesta por ocho letras llamada libertad. Alejémonos de la mentira en la cuales estamos insertos, y miremos un poco para adentro. Preguntémonos si realmente somos felices, si realmente nos permitimos fluir, o si solo somos unas meras maquinarias dependientes del visto bueno de alguien que hace rato se desvió de la ruta que lo adentraba a los bosques donde florece la vida. Cuestionémonos a nosotros mismos sobre lo que somos, y si cuando éramos tan solo unos niños, deseábamos llegar a ser la cosa en la que nos hemos convertido con el tiempo.
  ¿Por qué actuar como autómatas, vivir como objetos? Cada persona es un mundo, cada sujeto es un individuo único. No temamos ser diferentes; ya demasiado tiempo nos negamos a nosotros mismos. Si queremos cambiar realmente nuestras vidas, empecemos por eso. Si queremos vivir en un mundo verdaderamente libre, también empecemos por eso. Que mayor hipocresía que un mundo que se dice libre cuando sus habitantes se convirtieron hace rato en máquinas, que mayor falacia que una vida que hace tiempo dejo de ser vida, que mayor sensatez que la de aquel que se conoce y vive su vida tal cual es, conforme a su naturaleza y sin miedo a perder. Tal vez, lo que al comienzo parezca una derrota, más tarde pueda convertirse en el escenario donde resucite la verdadera persona, el lugar donde esta comience a existir para solo fluir con la corriente de su corazón, dejándose arrastrar por el viento que sopla desde su alma, resurgiendo así de sus propias cenizas tal como el Fénix supo hacerlo después de haber sido consumido por el fuego.
  Un verdadero cambio implica siempre la muerte, pero en este caso no con la totalidad del hombre, sino que implica asesinar aquello que alguna vez fuimos y nunca fuimos, ese personaje ficticio, ese que simbólicamente construimos a diario, y que en realidad, no hace más que cargar con las cadenas de la felicidad que realmente aparejan infelicidad, desviándonos así del único objetivo por el cual la vida puede llegar a tener un verdadero sentido: “ la felicidad”, que solo es tal cuando somos nosotros mismos quienes coreamos su nombre.

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