miércoles, 29 de agosto de 2012

Los niños olvidados


En el fondo, todos somos niños que nos olvidamos de la felicidad que implica ser un niño.
  Con el pasar del tiempo, a medida que las agujas truenan malgastando su tiempo en un circular movimiento cuasi rutinario, la cultura y la civilización nos hacen olvidar que tras el envase, dentro del envoltorio decorado por las vestimentas de la moda, aggiornados por los elementos materiales que resplandecen en la era del parecer por sobre la del ser, existe un niño que pugna por salir a cada instante, a cada momento; y de esa manera intentando sublevarse contra las barreras externas que aquellos enemigos del espíritu libre construyen para de esa manera obstruir nuestra independencia.
  Quienes la construyen, quienes la erigen por sobre el seno de vuestra humanidad, pretenden hacernos olvidar que muy profundamente, somos sujetos cuyo único motor para subsistir y no convertirnos en piedras inertes es el deseo, ese manojo de fantasías y delirios que tan bien nos hacen sentir cada vez que nos acercamos, mas no sea utópicamente. Estamos sujetos al deseo, y si dejáramos de desear, si no anheláramos ardientemente y la llama que irradia desde el lugar más recóndito del mismísimo espíritu dejara de flamear, habremos olvidado lo que es vivir.
  La pregunta que emana en este breve periodo de introspección meditativa, donde el ser, el espíritu, se bifurca tal parafrenico sin ningún filtro y roza el éter sagrado que representa la receptáculo de la verdad es la siguiente: ¿podemos avanzar hacia la felicidad si dejamos de soñar? ¿Podemos ser dignos de la dicha eterna, si nos abandonamos a aceptar la material y fría realidad de la cual nos hicieron y nos hacen participes sin siquiera preguntarnos si queríamos formar parte de ella? Más precisamente, ¿Qué significa obstaculizar al niño interior, al germen portador de luz? Obstruir, reprimir, avasallar al pequeño que yace en nuestro interior, básicamente significa matar al motor del alma, ese motor que nos impulsa a dar un paso tras otro para desplazarnos más allá de lo que muchos quisieran, quebrantando límites impuestos artificialmente por quienes ostentan tesoros vacíos a costa del hambre y la miseria de unos muchos nadies.
  En términos puntillosos, un niño es un ser curioso, hambriento de aventuras, lleno de vigor, y por sobre todas las cosas una criatura que anhela, que imagina y esboza, que fantasea con ser la encarnación más pura de sus utopías caminantes.  Es muy típico escuchar a un niño que exprese que quiere ser cuando sea grande; que imagina, conforme a su fuente de energía, poder llegar a ser para alcanzar la plenitud.
  Aniquilar, anestesiar mejor dicho al niño que yace en nosotros, significa prohibirnos del único medio más puro para elevarnos como seres humanos. Con el caer de la arena en el reloj, dejamos de soñar y nos hacemos presos de una realidad con la que nunca soñamos, y con la que nunca nos identificaremos.
  Reencontrarse con el pequeño adormecido implicaría volver a imaginar. Un infante es una criatura inquieta, curiosa e introspectiva  que literalmente, se muere por vivir a diferencia de nosotros, adultos victimas del maniqueísmo más infernal que vivimos a costa de morir diariamente. Dejamos de lado nuestra curiosidad por conocer creyendo que todo ya está dicho, y además cesamos de ser agentes activos y creativos de nuestras vidas para que alguien más de afuera nos moldee tal si fuéramos arcilla.
  Los finales, tienen que tender a ser cortos y concisos, hacer de lo pequeño una inmensidad, tal como una pequeña antorcha puede alumbrarnos en medio de la inmensa oscuridad de una caverna. El niño interior, pugnando por salir de la prisión creada por los abusivos poseedores del poder coactivo, es aquel que tiene la posibilidad de soñar, de creer, y a su vez de esperanzarse por cosas mejores. Es aquel que no pierde la curiosidad, y se pregunta el porqué de todas las cosas, sin asimilar como natural la más mínima cosa. Para hallarlo, habrá que elevarse como seres humanos en un viaje del tipo introspectivo que no tiene desperdicio, lo que a su vez implica una sensación semejante al dolor en un principio, tal como la inseguridad de un joven que abandona la casa paterna para conocer el mundo. Pero a su vez, le otorgara felicidad a lo largo del camino que como caminante forje, ya que es mejor y más digno morir por haber vivido y no vivir una vida que muere a cada segundo un pedazo más, algo así como una planta seca que sigue sobre la maceta.
  Seamos pequeños, seamos niños, y dejemos todos los miedos y las frustraciones atrás, para de esa manera encarar la abundancia que trae la felicidad, y así crear un mundo nuevo conforme a la ley más humana de todas que implicaría luchar por lo que cada uno cree que es conforme al bien, y no padecer que una vida que nos deseque a diario.
  Seamos simples, seamos honestos con nosotros mismos, soñemos. En síntesis, seamos niños, que es allí donde nuestra gracia reside.

2 comentarios:

  1. Colgadisimo en responder. Me alegra que te haya gustado, y muchas gracias por tomarte el tiempo de leerlo. Saludos y éxitos.

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