Como seres humanos que somos, portadores de algunas
virtudes y también de algunos defectos que nos sobrepasan nublando la visión acerca
de todo aquello que se nos presenta en nuestro camino mundano, solemos repetir
día tras día todos aquellos actos que alguna vez nos enseñaron que no debían volver
a sucederse; sino que debían ser
considerados como pequeños momentos de aprendizaje donde la vida hace las veces
de maestro o guía espiritual y nos enseña una lección de vital importancia para
constituirnos en sujetos más sabios para el andar progresivo de nuestro futuro.
Como ya hemos
esbozado, una de los mayores desperfectos del hombre es volver a reincidir en
el error, volver a ser apresado por esa misma mente que lo llevo a cometer un
acto que no se condecía con el bienestar de su alma, sino que muy al contrario,
terminaba por devastarla haciéndola preso de un laberinto creado por la propia
mente. Ahora bien, ¿Qué es lo que pasa con nosotros, seres humanos, que no
podemos aprender paulatinamente de todos nuestros errores, sino que una y otra
vez tropezamos con la misma piedra? Existen momentos en los cuales pareciera que
existe una suerte de ley de la atracción, donde todas aquellas cosas que nos
podrían hacer daño parecen ser las más atractivas y ante las cuales no podemos
resistirnos ni siquiera un instante; es como si no nos dieran tiempo de
analizarlas profundamente para develar que tras lo que por fuera parece un paraíso
terrenal que nos invita a vivir alegóricamente en un mundo celestialmente
hedonista, en realidad se oculta un paraíso a una suerte de infierno personal
que nos tiene preparado la vida, en la cual la figura de Lucifer, por algún que
otro motivo, sabe que somos débiles.
La pregunta que
se le presenta a este mediocre y sumamente imperfecto ser humano, es la
siguiente:¿Hay alguna manera de evitar caer en la infelicidad? ¿Existe algún
modo que nos interpele a ver más allá de lo que es un bien aparente, a ver más allá
de lo meramente material? ¿O el dolor se nos aparece como una suerte de karma,
del cual no podemos escapar bajo ningún punto de vista, y desde el cual
tendremos que aprender a vivir por el resto de nuestros días, hasta que la
muerte física al fin haya alcanzado a la del espíritu?
En el transcurso
de la vida, día tras día, algún ente superior, y tal vez sea de tinte maligno o
de tinte híper realista, pareciera que anhela hacernos presos de un engaño
supramundano, desvitalizando todas aquellas capacidades encondidas en lo más recóndito
de nuestra mente, aquellas que nos podrían indicar que después de cada invierno
por el que atravesamos y que nos convierte en personas más vulnerables, tristes
y distantes, aparece una primavera donde la alegría que parte del corazón florece,
irradiando de color al jardín de nuestra alma y así devolviéndonos el placer de
vivir que alguna vez recordemos haber tenido.
Planteada la
existencia de un demonio que nos ataca y no nos deja florecer como seres
humanos, al punto de que nuestras raíces echen a dar flores de los colores más
vivos habidos por haber, la pregunta que emerge
tal como un no vivo que sale de la tumba en unas de esas noches donde
los ángeles del infierno hacen de sus días una fiesta, es la siguiente: ¿Qué es
o quién es ese demonio, ese ente oscuro, frío, opaco y triste que con su energía
nos opaca a nosotros como seres humanos, haciendo que busquemos refugio en aquellas
cosas que amenazan con dañarnos, clavarnos un puñal en nuestro corazón para
luego darlo de comer a las aves más viles creadas por el mismo Lucifer? ¿Por
qué siempre valoramos lo malo, y dejamos de lado lo que es verdaderamente bueno
para el alma? ¿Quién es ese demonio que hace que nos dejemos pisotear, confundiéndonos,
por los acontecimientos del mundo? Las preguntas que en realidad son una misma
pregunta, pareciera que nos llevan a un acertijo aún más engorroso, donde
nuestra mente pareciera poder quedar más confundida y ofuscada de lo que estaba
anteriormente. Pero esto no será así, siempre y cuando osemos mirar más allá de
lo que los sentidos más terrenales nos ofrecen, y osemos adentrarnos en el
submundo de nuestra conciencia, que es allí donde realmente se alojan todos los
misterios acerca de la vida, los cuales podrían hacernos consientes de donde es
que realmente subyace ese karma, ese demonio que nos hace ver un paraíso en
medio de espinas que en realidad nos forcluyen en el acto de evolucionar como
seres humanos destinados a ser felices.
Tal daímon, tal
ente oscuro que nos hace querer buscar el bien donde se aloja el dolor, tal
criatura que nos incita a depender de aquellas figuras externas para así poder
sentirnos plenos, y que hace que confundamos ellos con nosotros constantemente,
tal figura no es más que uno mismo. Ese uno mismo, no es más que el espectro de
un ser carente de cariño, en el cual su vida no ha conocido más que el amor
artificial, y no ese amor tan puro el cual le permitiría librarse de los nudos
mentales que no le permiten moverse hacía aquella luz al final del túnel que
acabara por iluminar lo que fueron noches eternas de oscuridad y desarraigo
emocional. En realidad, no es que seamos seres que nos movamos solo tras
aquello que nos hace mal, sino que somos seres estáticos, atados a una cama de
clavos en el cual cada movimiento amenazaría con arruinarnos cada vez más y
más, cuando en el fondo la cama de clavos no es más que un mero juego de
ilusionismo. Somos seres que pareciera no nos permitimos avanzar, y alguna de
las cusas pueden resultar del estilo de vida que se nos compele a llevar. El mayor
tiempo de nuestras vidas lo pasamos rodeados de ruidos, que anuncian voces pero
ni una sola palabra concreta que acabe por decirnos que la felicidad surge del
interior, y que tanto el demonio que pareciera ofuscarnos desde afuera como así
también el héroe que puede hacer de nuestras vidas algo bello están dentro de
uno, siendo uno y el otro una suerte de andrógino separado por la ambigüedad
del juego comportamental en base a distintas estratificaciones psíquicas.
Tanto el héroe que
nos permitiría ser libres como así también el villano que nos hace esclavos de
su imperio, conviven dentro del alma de todo ser humano, y conforme predomine
uno u otro, la vida podrá ser más digna de ser vivida, o pasara a ser una
suerte de tártaro terrenal donde penaremos hasta que la muerte con su daga nos indique
de que nuestra hora ya ha pasado.
Para hacernos
amigos del héroe, para encontrarnos con ese salvador encubierto, es necesario
retirarse del mundo exterior para así adentrarse en el mundo interno, alejarse
de todos aquellos ruidos que nos encargan a buscar felicidad donde no hay más
que un montón de almas vacías, deseosas de vivir la vida pero sin saber cómo
hacerlo, deseosas de vivir la vida y no de morir
la vida. Para eso será necesario conectarse con las raíces que sirven de
motor a nuestro espíritu, aceptarnos tal cual somos, interactuar inclusive con
el daimon para conocerlo, y a su vez servir al héroe de toda la información para
que cada vez que nuestro daímon amenace con atacar, el héroe haga su papel
bloqueando cualquier intento que amenacé con quitarnos la felicidad.
Tal es la vida,
así de imperfecto es el espíritu humano, que según quien o que prime dentro de
nosotros, podemos ser artífices de la creación de una vida soñada, o artífices de
nuestra propia muerte en vida. Vivir no implica merodear en las tinieblas, esperando
a que algún Dios olímpico nos rescate con una palabra salvadora; vivir implica
poder escucharse a uno mismo, aceptarse a uno mismo para así poder ser una
persona entera, dejando atrás al sujeto dividido que confunde el bien con el
mal, la tristeza y la pesadumbre de vivir con la alegría, y que así espera días
mejores cuando en realidad el tiempo se le pasa convirtiéndose en tiempo
pertrecho, malgastado e insuficiente valorado.
La vida es una
sola, no es mañana, no es ayer sino que es hoy mismo. Ser felices no puede
depender de ningún tipo de creación exterior, sino del alma inteligible que se
aloja dentro de cada uno, y la cual es portadora de nuestras verdades en los
grados más superlativos de nuestro universo existencial. La cuestión por ser
feliz se asemeja a una guerra, donde dos amos compiten por cuál de ellos se va
a quedar con las tierras para así hacer y deshacer a su antojo. Depende quien
quede para explicar la fertilidad de nuestras vidas, o por el contrario la sequía
y desolación de nuestro terreno espiritual. Depende que triunfe el héroe, para
así poder florecer día tras día hasta formar una suerte de Edén en el corazón,
o depende que triunfe el daímon, para que triunfen el invierno eterno, donde
nuestra vida se congela eternamente sin poder alcanzar nunca la virtud que nos
permitiera poder esbozar que somos felices.
El dolor, la angustia
y el sufrimiento solo tienen un remedio: el dialogo interior, el retiro del
mundo material para así poder escuchar a nuestro corazón y valorar cada día del
resto de nuestra vida como si fuera el último, lo que nos permitiría vivir tan
plenamente como el humano más resplandeciente del mundo pudiera hacerlo.
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