miércoles, 5 de septiembre de 2012

Alguien trasmutado en nadie


Linyeras, vagabundos, llámese como quiera a esa gente que vaga por la vida sin un rumbo fijo. Rumbo que ya han perdido hace mucho tiempo si se quiere, pero nunca es tarde para volver a reencontrar.
  Las mayores pérdidas no se miden en términos materiales, económicos y/o terrenales. Donde yace la perdida más grande, esa que parte el corazón al medio, que hace de las lágrimas ríos donde se ahogan las esperanzas, es en ese horizonte que se esfuma crepuscularmente, es en la pérdida del contacto humano.
  Seres invisibles para los ojos de la mayoría, patriotas en el país de los ciegos, donde cada cual deja de lado lo más puramente humano y se regocija con bienes materiales que no dan nada más que felicidad aparente.
  Ser una persona en situación de calle, implica ser invisibilidad por los semejantes, incluso por almas que alguna vez creyeron que los amaban incondicionalmente. Implica no gozar del calor humano, haciéndose íntimo de la soledad, la única incondicional que poco a poco enfría al corazón hasta el punto de congelarlo para nunca volver a sentir tal calor.
  Maldita sociedad esquizofrénica, que tiene como predilecto el envase por sobre lo que hay dentro, algún día, tal vez llegue el momento en que dejemos de ser maquinas frías manejadas como títeres, y empecemos a ser humanos con pleno derecho, para así poder sentir el dolor ajeno como propio, como un puñal que cala hondo hasta el punto de no dejarnos vivir dignamente; y tal vez ahí, tal vez en ese momento, dejemos de ser unos neófitos fatales, para volver a sentir como humanos, y de esa manera podamos compartir un abrazo, una sonrisa, y porque no confesarnos nuestras tristezas para así vaciar al cuerpo de dolor y dejar espacio a la alegría tan deseada para que lo colme.

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