Linyeras, vagabundos, llámese como quiera a esa gente que
vaga por la vida sin un rumbo fijo. Rumbo que ya han perdido hace mucho tiempo
si se quiere, pero nunca es tarde para volver a reencontrar.
Las mayores pérdidas
no se miden en términos materiales, económicos y/o terrenales. Donde yace la
perdida más grande, esa que parte el corazón al medio, que hace de las lágrimas
ríos donde se ahogan las esperanzas, es en ese horizonte que se esfuma
crepuscularmente, es en la pérdida del contacto humano.
Seres invisibles
para los ojos de la mayoría, patriotas en el país de los ciegos, donde cada
cual deja de lado lo más puramente humano y se regocija con bienes materiales
que no dan nada más que felicidad aparente.
Ser una persona
en situación de calle, implica ser invisibilidad por los semejantes, incluso
por almas que alguna vez creyeron que los amaban incondicionalmente. Implica no
gozar del calor humano, haciéndose íntimo de la soledad, la única incondicional
que poco a poco enfría al corazón hasta el punto de congelarlo para nunca volver
a sentir tal calor.
Maldita sociedad
esquizofrénica, que tiene como predilecto el envase por sobre lo que hay
dentro, algún día, tal vez llegue el momento en que dejemos de ser maquinas
frías manejadas como títeres, y empecemos a ser humanos con pleno derecho, para así poder sentir el dolor ajeno
como propio, como un puñal que cala hondo hasta el punto de no dejarnos vivir
dignamente; y tal vez ahí, tal vez en ese momento, dejemos de ser unos neófitos
fatales, para volver a sentir como humanos,
y de esa manera podamos compartir un abrazo, una sonrisa, y porque no
confesarnos nuestras tristezas para así vaciar al cuerpo de dolor y dejar
espacio a la alegría tan deseada para que lo colme.
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