jueves, 25 de abril de 2013

Negados, confundidos y asustados


Hay gente que ve en el odio una solución,  un estilo de vida que ensordece las melodías que tañe su corazón mediante  un coro de voces que lo instigan a querer ser amos de la razón. Pocos se acuerdan de que atrás hay una historia sangrienta; son pocos los que retroactivamente se amigan con el pasado para poder conversar con él, y cerrar el final de una historia que nos permita ser amigos de lo humano, de nuestros errores y nuestras virtudes.
 ¿Qué tiene que pasar para que eso suceda algún día?  No lo sé todavía. Si lo supiera, seguramente podrían llamarme Dios; con la diferencia de que nunca podría convertirme en el espectador pasivo de una realidad que intenta automutilarse día tras día, hora tras hora y minuto tras minuto. Si tuviera el poder para decidir por sobre todas las cosas, nunca me podría quedar sentado en mi trono mientras la avaricia de algunos destierra la bondad y el humanismo de unos pocos.
  Pero como no soy Dios;  como no soy un ser omnipotente para el cual deseo y realidad son una misma cosa, lo más probable es que me termine cansando hasta el punto de querer encontrar un refugio en el cual salvaguardarme de mi y de los demás.
  El destino es incierto, tan incierto como lo son las personas. Uno nunca llega a conocerse totalmente, uno nunca llega a aceptarse totalmente. Tal vez sea eso lo que nos convierta en seres tan errantes, el temor a lo que somos, el temor a lo que fuimos y a lo que seremos.  
  Probablemente, también sea el temor a lo que pueda llegar a convertirme, lo que me dice que tal vez lo mejor sea parar. Tampoco lo sé, aunque espero algún día poder saberlo. Y si en algún rincón del tiempo hace presencia dicho momento, espero no sea lo demasiado tarde para anular las consecuencias de nuestros actos, ni lo suficientemente temprano para arrepentirme de lo que pueda llegar a ser en alguno de los tantos futuros.

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