Hay gente que ve en el odio una solución, un estilo de vida que ensordece las melodías que
tañe su corazón mediante un coro de
voces que lo instigan a querer ser amos de la razón. Pocos se acuerdan de que
atrás hay una historia sangrienta; son pocos los que retroactivamente se amigan
con el pasado para poder conversar con él, y cerrar el final de una historia
que nos permita ser amigos de lo humano, de nuestros errores y nuestras
virtudes.
¿Qué tiene que
pasar para que eso suceda algún día? No
lo sé todavía. Si lo supiera, seguramente podrían llamarme Dios; con la
diferencia de que nunca podría convertirme en el espectador pasivo de una
realidad que intenta automutilarse día tras día, hora tras hora y minuto tras
minuto. Si tuviera el poder para decidir por sobre todas las cosas, nunca me
podría quedar sentado en mi trono mientras la avaricia de algunos destierra la
bondad y el humanismo de unos pocos.
Pero como no soy
Dios; como no soy un ser omnipotente
para el cual deseo y realidad son una misma cosa, lo más probable es que me
termine cansando hasta el punto de querer encontrar un refugio en el cual
salvaguardarme de mi y de los demás.
El destino es
incierto, tan incierto como lo son las personas. Uno nunca llega a conocerse
totalmente, uno nunca llega a aceptarse totalmente. Tal vez sea eso lo que nos
convierta en seres tan errantes, el temor a lo que somos, el temor a lo que
fuimos y a lo que seremos.
Probablemente,
también sea el temor a lo que pueda llegar a convertirme, lo que me dice que
tal vez lo mejor sea parar. Tampoco lo sé, aunque espero algún día poder
saberlo. Y si en algún rincón del tiempo hace presencia dicho momento, espero
no sea lo demasiado tarde para anular las consecuencias de nuestros actos, ni
lo suficientemente temprano para arrepentirme de lo que pueda llegar a ser en
alguno de los tantos futuros.
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