La
muerte premeditada es una alternativa para escapar de las vicisitudes y
contrariedades de la vida. Esta vez, mi corazón no me empuja hacia los
barrancos que me llevarían a consumarla de una vez por todas, dando paso al
desfile de muertos vivos que algunos querrían poder ver para deleitarse con las
mayores excentridades que la luz del día no les quiere dar. Esta vez, el calor
que siento adentro me empuja a consumar el deseo, hace que la añoranza y mi
destino se fusionen para encontrar la luz después de un vasto camino donde la
oscuridad reinaba.
Al final del pasillo, hoy no se encuentra ningún
acantilado para caer libremente y perecer cual las hojas que caen en el frío
otoño. Hoy día, todo tiene un sentido. Hoy, un cuerpo que durante mucho tiempo
fue cubierto con las vestiduras más holgadas, deja entrar la luz a su centro
para empaparse con la energía natural de la creación.
Simplemente, después de una muerte anunciada,
de un trágico simbolismo donde el ego parece ser aniquilado para rendir culto a
la humildad, he ahí que pude encontrar la felicidad. Fue en ese momento, y en
ningún otro, donde me contente con ver al agua del río seguir libremente su
cauce. Fue ahí, donde aprendí a disfrutar del silencio, donde mi alma se fundió
con la vida para dar paso a una nueva persona en formación. Esa nueva persona,
no es más que una persona que deja de lado el papel de “Gran Hombre”, para ser
solo un hombre que viva como tal.
Vaya vida la del hombre, que a diferencia de
todas las otras especies reniega de su condición, no acepta su limitada
condición de ser ni tampoco disfruta de la hermosa simpleza donde se le ofrece la
felicidad.
Las lágrimas que antes formaron acantilados, donde el dolor impedía al agua seguir su libre cauce predestinado por la energía universal, hoy se convirtieron en agua que da vida a cuanto quiera acercarse; además de que constituyen un oasis en medio de desiertos cotidianos creados por el hombre. Es hoy, y ningún otro momento, donde el sol se apareció por la ventana tras correr las oscuras cortinas.
Las lágrimas que antes formaron acantilados, donde el dolor impedía al agua seguir su libre cauce predestinado por la energía universal, hoy se convirtieron en agua que da vida a cuanto quiera acercarse; además de que constituyen un oasis en medio de desiertos cotidianos creados por el hombre. Es hoy, y ningún otro momento, donde el sol se apareció por la ventana tras correr las oscuras cortinas.
Y así, después de tanto miedo, inseguridad y
temor a vivir, he decidido aceptar mi condición de humano, y disfrutar del sol,
el agua y todo cuanto pueda ser tan natural y libre como pretendo ser.
Meramente, he aprendido a vivir; o mejor dicho, este nuevo amanecer me ha
mostrado que pasado un tiempo, el sol puede brillar con mayor intensidad. Y es
por eso que hoy me siento vivo. Camine por las tinieblas de la oscuridad,
busque la salida del laberinto existencial en el cual me encontraba, y hoy día,
he encontrado una luz que ilumina mi camino; una luz tan natural que me ha
hecho sentir el niño feliz que alguna vez supe ser, una luz semejante al hogar
de mis abuelos, donde todo resplandecía y revivía por más que pareciese haber
perecido.
Tal es así, que hoy mi única preocupación es
ser cada día más humano. No pretendo nada más que ser feliz tomando una bocanada
de aire, ser uno con la Tierra y con el mundo para abrazar la felicidad que
cualquier hombre que acepte su condición puede hallar en las más pequeñas cosas
de la vida. No hablo de lujos, de fama ni de cosas caras, solo hablo de vivir
para poder ser feliz que es el único fin para el cual estamos predestinados.
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