Hay sueños que se esfuman, horizontes que perecen como la
niebla en la eternidad, y momentos que nunca llegan a concretarse por la
reticencia del destino a los bruscos imprevistos que darían un efímero sentido
a la existencia cotidiana del hombre civilizado.
Lo que alguna vez supo ser llamado “amor”, hoy
no es más que una patraña donde el vacio ocupa el rol de protagonista central,
donde las apariencias desbordan por su repulsividad a cualquier artilugio que
se asemeje a un sentimiento de bondad. La autenticidad pasó a ocupar el papel
de un ente que naufraga por un océano viciado de olas que obstaculizan su
llegada al puerto donde por fin pueda librar su carga, y manifestarse tan pura
que de ese modo haga las veces de faro para las demás almas perdidas y
moribundas por las heridas que le ha dejado una vida no vivida. Los pétalos que
alguna vez supieron sobrevolar los cielos, y adornar el espacio infinito con su
andar meditabundo en medio de tanta soledad ilustrada por las deidades, hoy
perecen junto a las raíces en un suelo donde el alquitrán y el hollín no
permiten a las orquídeas desplegar la inmensidad de su belleza, esa misma que
para placer de todos los soñadores utópicos saciaría la sed estimulada por el
diario vivir en el desierto de las almas.
Aunque un sueño
sea tan inmortal como los viejos dioses del Olimpo, y su fuerza pujante sea el
combustible de la vida para cualquier mortal que meramente ose sobrevivir, el
oxido que ronda en el aire contamina la pureza de su núcleo, desahucia la sabiduría
de su instinto, convirtiéndolo en una mera abstracción sin un alma maestra que
haga las veces de marinero a cargo del timón. Cuando las esperanzas se pierden,
el ocaso se vuelve eterno, el atardecer de la vida se convierte en una rutina
que acompaña el libre curso del nunca libre curso de una existencia de plástico.
Sueños que se incendian, olor a plástico quemado que invade al cosmos por doquier,
impregnando su horrible fragancia, y convirtiendo las aguas cristalinas en las
cuales alguna vez los hombres se bañaron, en aposentos donde el negro de la
superficie no permite distinguir lo puro de lo impuro, lo falaz de lo
esencialmente humano, la maquina de morir del hombre que vive para vivir.
Solo resta
esperar por la llegada del hombre, por la llegada del humano. Las maquinas nos rodean, tiran de
nuestros cables y hacen de lo impredecible un acto sumamente predecible que
acaba en una celda donde los garrotes parecen erigirse como gigantes que
custodian el bienestar mas dañino que una criatura puede llegar a crear. Solo
el hombre, y ni siquiera un Dios que pretenda develar sus conocimientos sobre
el origen y el porque de las cosas, podrá salvar al mundo de las garras de las
maquinas, de los asesinos de corazones que amputan el prisma mas sagrado que
ilumina hasta el ultimo rincón del alma de la especie. Solo eso, y nada más, podrá
llenar de vida a la tan ansiada y esperada vida, esa que hace mucho pereció y de
lo cual nunca nadie parece se entero.
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