viernes, 4 de enero de 2013

Marfil oxidado


Hay sueños que se esfuman, horizontes que perecen como la niebla en la eternidad, y momentos que nunca llegan a concretarse por la reticencia del destino a los bruscos imprevistos que darían un efímero sentido a la existencia cotidiana del hombre civilizado.
  Lo que alguna vez supo ser llamado “amor”, hoy no es más que una patraña donde el vacio ocupa el rol de protagonista central, donde las apariencias desbordan por su repulsividad a cualquier artilugio que se asemeje a un sentimiento de bondad. La autenticidad pasó a ocupar el papel de un ente que naufraga por un océano viciado de olas que obstaculizan su llegada al puerto donde por fin pueda librar su carga, y manifestarse tan pura que de ese modo haga las veces de faro para las demás almas perdidas y moribundas por las heridas que le ha dejado una vida no vivida. Los pétalos que alguna vez supieron sobrevolar los cielos, y adornar el espacio infinito con su andar meditabundo en medio de tanta soledad ilustrada por las deidades, hoy perecen junto a las raíces en un suelo donde el alquitrán y el hollín no permiten a las orquídeas desplegar la inmensidad de su belleza, esa misma que para placer de todos los soñadores utópicos saciaría la sed estimulada por el diario vivir en el desierto de las almas.
  Aunque un sueño sea tan inmortal como los viejos dioses del Olimpo, y su fuerza pujante sea el combustible de la vida para cualquier mortal que meramente ose sobrevivir, el oxido que ronda en el aire contamina la pureza de su núcleo, desahucia la sabiduría de su instinto, convirtiéndolo en una mera abstracción sin un alma maestra que haga las veces de marinero a cargo del timón. Cuando las esperanzas se pierden, el ocaso se vuelve eterno, el atardecer de la vida se convierte en una rutina que acompaña el libre curso del nunca libre curso de una existencia de plástico. Sueños que se incendian, olor a plástico quemado que invade al cosmos por doquier, impregnando su horrible fragancia, y convirtiendo las aguas cristalinas en las cuales alguna vez los hombres se bañaron, en aposentos donde el negro de la superficie no permite distinguir lo puro de lo impuro, lo falaz de lo esencialmente humano, la maquina de morir del hombre que vive para vivir.
  Solo resta esperar por la llegada del hombre, por la llegada del  humano. Las maquinas nos rodean, tiran de nuestros cables y hacen de lo impredecible un acto sumamente predecible que acaba en una celda donde los garrotes parecen erigirse como gigantes que custodian el bienestar mas dañino que una criatura puede llegar a crear. Solo el hombre, y ni siquiera un Dios que pretenda develar sus conocimientos sobre el origen y el porque de las cosas, podrá salvar al mundo de las garras de las maquinas, de los asesinos de corazones que amputan el prisma mas sagrado que ilumina hasta el ultimo rincón del alma de la especie. Solo eso, y nada más, podrá llenar de vida a la tan ansiada y esperada vida, esa que hace mucho pereció y de lo cual nunca nadie parece se entero.

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