miércoles, 19 de diciembre de 2012

Sueños

Hay momentos en el día para los  cuales la pesadumbre de la materialidad puede esfumarse cual si fuera una ilusión óptica, cual si estuviera  compuesta de una dudosa materialidad que apenas puede aprehenderse mediante la potencia de los sentidos.
  Esos momentos, y no otros, son los que alimentan a mí ser con una bocanada de inconmensurable paz, esa misma esencia que la ataja de los peligros de la locura y la desesperanza a los que tan proclivemente puede llegar a rendir culto.
  Cuando llegan ellos, cuando advienen tan alegremente a mi conciencia, logran despertar al hombre que durante años pasó su mayor parte del tiempo invernando, esperando hasta que llegue una primavera que anuncie un mejor devenir para las condiciones mutables de la existencia. He ahí que la primavera tan deseada en la intimidad de mis días, llega, aunque mas no sea de manera breve, y los niños salen a jugar por el florecido jardín que ella les ofrece.
  La nieve que rodea  los árboles, y no deja florecer los tallos que  majestuosamente adornan la corona que el artista universal diseño para ellos,  se derrite, para dar paso a la inconmensurable belleza de la vida y al inusitado despertar después de un largo invierno existencial. Lo que antes había simbolizado penumbra, lo que no había dejado florecer al deseo de poder crecer ilimitadamente hasta tocar los rayos del sol y sentir su calor penetrar hasta las profundidades del corazón, cesa de existir, dando paso de esa manera  a una carretera donde el camino hacia  el Edén se transforma en un eterno corretear por los jardines que todo hombre supo habitar durante su niñez.
  No es un placer terrenal, no es un anhelo ni un deseo que se relacione con la posesión de bienes materiales; solo son momentos en los cuales se le permite a un hombre caminar los senderos que durante su infancia tuvo que abandonar por algún momento, pero que en su interior siguen siendo la llave para abrir el cofre de la felicidad, y reencontrarse con todos esos amigos de los cuales alguna vez tuvo que despedirse dolorosamente.
  Esos pequeños instantes, esas pequeñas ficciones que habitan en nuestros escondrijos más profundos, son las que nos empujan a abrazar el alba mañanero  para hacer de la materialidad  sensible un lugar tan bello como el que se representa en lo más hondo de nosotros. Son ellos, y ninguna otra cosa, los que nos ayudan a ponernos de pie  tras las tempestades que amenazan con destruir el núcleo de nuestros deseos. Son ellos, y solo ellos, quienes anuncian que más allá de lo meramente percibido, hay algo mejor, hay un lugar para el cual  la soledad ha sido erradicada, y donde millones de amigos esperan para poder fundirse en un abrazo que transforme a todos los presentes en un solo individuo. Son los sueños, y ninguna otra creación, los que llenan de sentido al devenir de la existencia, los que  permiten al hombre elevarse por sobre todo lo racional para encontrase con todos esos a quienes creía haber perdido en el camino,  y aquellos que nos ayudan  a seguir cada vez que tropezamos mientras añoramos la calidez de sus mantos; ya que mientras arda la chispa del recuerdo, el corazón va a nutrirse de su calor para nunca desistir y encontrar el paraíso en el cual no haya más racionalidades que la de ser meramente una persona feliz.

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