Soy el vómito de la criatura más mundanamente mundana que haya pisado suelo terrestre. Soy el
terror de los dinosaurs conservadores, que con el temor haciéndose presente en
sus pupilas, visualizan al hijo del supremo hereje corrompiendo sin ningún tipo
de piedad a sus inocentes criaturitas; criaturitas similares a ovejas guidas
por un pastor que solo quiere verlas caer en un precipicio sin retorno ni
salida.
No he venido a
traerle esperanzas a nadie, según dicen aquellos que hoy me defenestran. Tal es
así que se me acusa de corromper a toda una nación, a toda una civilización
ilustrada por los conocimientos universales de las buenas costumbres y de la
moral puritana.
Se me acusa de
ateísmo, entre una de las tantas cosas por las cuales debiera considerarme
culpable. Pero es en este punto donde me urge una pregunta que subyace mi ser,
que desea salirse, si no es por la boca, bien por los poros o por cualquier otro lugar que
le permita encausarse libremente hasta romper los tímpanos de cuanto sordo
malaventurado quiera pero a la vez no quiera oír: ¿No es cierto que en nombre de su Dios han masacrado gente? ¿No
es cierto que su religión hizo arder en llamas mujeres inocentes por
considerarlas brujas? ¿Acaso, no es cierto, que en nombre de “La pesada carga
del hombre blanco”, masacraron una civilización entera?
Entre otras de
las tantas cosas, también se me acusa de ser un agitador social, un malnacido
orgánico, un engendro mutante resultado del romance de Lucifer con la siempre
tan bella Medusa. Pero ahora bien, ¿no será que sus críticas aún desconocen el
principio de realidad? ¿No será que su siempre justo y tan bien elaborado
sistema social, es causante de avaricia, guerras, hambrunas y demás pestes que
conducen lo poco que resta de humanidad al borde de un precipicio del cual,
después de caer, nunca vamos podremos volver a subir?
Neo Satán, así me
llaman quienes realmente me juzgan por mi apariencia, se cansó de ser el blanco
de opiniones infundadas, se cansó de escuchar a gente hablar de amor cuando en
realidad, dentro de sus corazones solo reina el odio, monopolizando tal órgano.
Este personaje caricaturesco para algunos, ridículo para otros, excremento de
un demonio para otros, anti estético
para los esclavos de la belleza artificial y la moda, se hastió de ver reinar a
la hipocresía sobre las mentes de cada uno de sus coetáneos.
Puede que yo, Neo
Satán, este equivocado. Puede que el presagio de una futura psicosis demencial
este empezando a surtir efecto sobre mi cansada estructura perceptual del
mundo. Pero día tras día, al ver tanta miseria, sufrimiento y dolor queriendo
estallar para abalanzarse sobre una realidad que hoy la desconoce, comienzo a
creer que quizás no esté tan errado en mi juicio. Tal vez, sea un loco más
cerca de la cordura y el sano juicio que el inmenso rebaño de los denominados
mortales. Tal vez, a pesar de que el juego de palabras circundantes no conspire
a mi favor, pueda llegar a estar más cercano a la felicidad que aquellos que
con falsas sonrisas y el auto último modelo a su lado dicen sentir, cuando en
realidad nada saben de ella, y nunca, ni siquiera nunca, la han visto de cerca.
Tal es así, que
me enorgullezco de ser reconocido como Neo Satán; el terror de los dinosaurios,
el hijo que ninguna madre hubiera deseado alojar en su vientre, el nieto que
ninguna abuelita habría querido malcriar. En fin, puede que en mi locura esté
más cerca de hallarme con Doña Felicidad que todos aquellos que aún no se
animan a vivir, y que todos aquellos que aún no se han despojado de la
artificialidad de falacias que hasta hoy día han dado sentido, escueto pero en
fin sentido, a sus vidas.
Mi nombre no es
Neo satán, pero confieso que tal apodo no me disgusta si se me acusa de ser un
hereje, de ir en contra de las buenas costumbres y del mundo tal como es
interpretado por los referentes a seguir según el grueso de la gente. Y mucho
menos me disgusta cuando en realidad soy
un mero soñador que imagina vivir en un mundo mejor, donde el amor y la
libertad sean reales, y no ficticios como los de hoy día. Un mundo en el
cual impere el amor sin condiciones,
donde el compartir prevalezca por sobre el acumular; y por sobre todas las
cosas, un lugar en el cual no haya banderas, ni países ni religiones, sino que
una bandera, un país y una religión: el amor por todos los seres vivos que
habitan al mundo.
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