Ella no era una más entre todas las mujeres y criaturas
del espacio físico. Era un ser que se eleva por sobre la humanidad y no
humanidad de todas las entelequias que se reúnen para dar forma al paisaje que
todos decimos conocer. Pero a su vez, su esencia más vital, aquella que
alimentaba a su corazón con el calor que le permitía vivir la vida tal como los
ángeles podrían concebirla, hacia qué tal superioridad almica no se proyectara
de manera sádica por sobre los demás, y que al contrario de lo que podría
imaginar la mente de un ciego deseoso de aquel poder que siempre amenaza con
desquebrajar las valoraciones propias de la naturalidad que resta de su
espíritu, hiciera uso de esa capacidad olímpica para defender las libertades más
esenciales correspondientes a cada uno de aquellos que luchan por no perecer
ante la recaída propia de una vida de constantes sumisiones, donde el Rey
siempre parece ser un extranjero colonizando tierras que no se corresponden con
sus dominios.
En sus ojos, yo
veía simplicidad. Eran dos obras de arte por donde se podía viajar hacia el
centro de la simplicidad, de la imperfección más perfecta, de la belleza más
humana.
Sus palabras
hacían eco en mi alma, era como si me hicieran recordar lo feliz que supe ser
cuando aún era un niño, y mi inocencia no me hacía dar cuenta de la maldad que
puede rodearme y a su vez lastimarme. Su voz, aquella que parecía el cantar de una sirena que con
sus melodías endulzan el alma de un marino que naufraga en mares enturbiados, hacía
que me olvidara por unos pequeños y eternos instantes, de la pesadumbre que
implica ser esclavo de una mente en la cual parece se han tirado todos los
dados, sin lugar para descarrilarse de un destino que pareciera ya fue casi
escrito.
Al haber
contemplado la perfección encarnada en un cuerpo humano, al haberme encontrado
con la encarnación de la belleza en su más amplio espectro, se me hace imposible
concebir tal invaluable sensación como un hecho producto de la sanidad de mis
sistemas perceptuales. Durante todo ese tiempo, creí que vivía inmerso en un
sueño diurno, donde al fin había encontrado a ese ángel que con sus sueños
alados me había enseñado a vivir, me había hecho ver que la felicidad residía
en el ser; inconmensurable esencia pura que no se destaca por someterse a
vulgaridades que amenazan con la autodestrucción de un género confundido, sino
que se somete únicamente a sí mismo para fluir tan libremente como un rio de
almas que en paz descansan.
Sin embargo, y a
pesar de que creía haber sido engañado por un Dios superior a mí en todos los
aspectos, que ponía a mi vista un aljibe en medio de un desierto en el cual la
fuente de vida solo era un espejismo, he llegado a darme cuenta de cuan
afortunado fui. La hipótesis del Dios quedo atrás, la figura de este ángel era
tan humana que sería imposible crear que era fruto del ingenio de un Dios. Si
bien su perfección no era celestial, para mí era una diosa, mi templo, el Dios más
imperfecto y por ende humano que conocí.
Todas las noches
deseo volver a verla. La tristeza y la melancolía se apoderan de mi alma
perturbada. Pero al recordar, y reflexionar sobre su enseñanza latente,
abandono ese estado de tristeza y aguda y vuelvo a verla a en todas partes.
Fiel a su simplicidad, vuelvo a verla en el cantar de las aves, en el reír de
los niños, en la esperanza que implica ser felices y vivir en un mundo mejor, y
en cualquier lugar donde la simpleza amenace con desterrar la saturada percepción
del artificial esplendor del cual he
sido partidario.
Al fin y al cabo,
debo decir que no la extrañare nunca más, ya que ella está siempre conmigo. Está
en cada momento donde la virtud me haga comprender donde radico yo realmente.
Siempre que escuche el cantar de la vida la recordare, y mientras las aves
sigan cantando y los caballos pastando en el prado libremente, voy a ser feliz
contemplando su inconmensurable y
sencilla perfección que se apodera de mi alma cada vez que la encuentro, y cada
vez que "despierto".
No hay comentarios:
Publicar un comentario