miércoles, 4 de julio de 2012

Heteronormatividad XXI: una forma sutil de discriminar


Con el paso del tiempo, la sexualidad de cada uno de los seres humanos ha sido un amplio tema de tabúes, debates, contradicciones, e inclusive hasta también ha llegado a ser objeto de persecución.
La sexualidad de los seres humanos, tal cual como cada uno de estos elige vivirla conforme a su esencia interior y fluyendo con el río que nace en sus almas, no está regida ni tampoco lo ha estado por ninguna entelequia sobrenatural que le imponga modos y adecuaciones conforme a sus criterios universales las distintas maneras de proyectar y sentir la sexualidad.
Pero como ya hemos nombrado la palabra sexualidad un par de veces, se hace necesario preguntar: ¿A que nos referimos cuando hablamos de sexualidad? Tomando los criterios que haya invocado la Organización Mundial de la Salud, se podría definir a la sexualidad como “una dimensión fundamental del hecho de ser un ser humano. Basada en el sexo, incluye al género, las identidades de sexo y género, la orientación sexual, el erotismo, la vinculación afectiva, el amor y la reproducción. Se experimenta o se expresa en forma de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, actividades, practicas, roles y relaciones. La sexualidad es el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos, socioeconómicos, culturales, éticos y religiosos o espirituales”.[1]
Tal como la definición de la Organización Mundial de la Salud lo explica, el concepto de sexualidad no solo debe ser comprendido bajo preceptos bioanatomicos o psíquicos, sino que también deben ser tomados en cuenta los diversos entornos sociohistórico y socioculturales para de esa manera dilucidar de qué manera ha sido expresada en cada civilización.
A partir de lo desarrollado hasta aquí, se hace evidente que la sexualidad no está regida por ninguna ley que la convierta en una suerte de esencia univoca, sino que se moldea de acuerdo al sujeto en el cual aparece como inserta.
Durante mucho tiempo, y a pesar de que en algunos momentos no fue tal, la heteronormatividad ha ordenado los modos de relacionarse amorosa, afectiva y sexualmente, y se ha encargado de excluir todo aquello que estuviera por fuera de este campo, aniquilándolo e invisibilizándolo de las más maneras diversas. Aquellas vidas sexuales que no se ajustaban a los preceptos heteronormativos, considerados como si hubiesen arribado a la faz de la Tierra tal como las tablas de la ley a Moises, han llegado inclusive a ser patologizados durante gran parte de la historia de los tiempos; y aun hoy, para algunas mentalidades que no se han percatado de que al abrir las puertas de las percepción el mundo se hacía más amplio, esto sigue siendo tal cual mencionábamos antes.
Sobrados son los ejemplos que nos marcan esta lamentable realidad, y que para algunos seria como una suerte de retroceso cuando en realidad imaginaban que el futuro, tal vez en un futuro más cercano de lo que muchos imaginan, les iba a proveer de las bondades “más humanas” que un soñador de aquellos idealistas se podría imaginar en uno de esos sueños diurnos que se erigen como vía recta a un mundo mejor.
Lo que queremos argumentar con esto, lo que anhelamos exponer ante la mirada de aquel que por un rato se haya distraído y por consiguiente haya desviado su atención de estas cuestiones, es que a pesar de que en nuestro país particularmente, y en otras regiones del mundo también se hayan convalidado derechos que protegían la integridad de las llamadas “minorías sexuales” , tales como la ley de matrimonio igualitario que le permite a dos personas del mismo sexo biológico dentro de la lógica binaria contraer matrimonio, y también la nueva ley de identidad de genero que permite a las personas trans acceder a la rectificación de sus datos registrales sin previamente pasar por una instancia judicial, los prejuicios y la segregación de las personas trans  y homosexuales siguen tan o casi vigentes como lo han estado desde hace mucho tiempo.
En este ensayo, entenderemos por personas trans a aquellas personas cuya sexualidad no puede ser encerrada dentro de los estrechos límites que implica la lógica binaria. Tal es así que el sexo asignado al nacer, de raigambre biomédica, puede no coincidir con la identidad de género que una persona cualquiera adopte en el curso de su desarrollo. Es decir, que desde la perspectiva transgenérica, no se entiende a la diferencia sexual como una matriz necesaria de subjetivación que signifique una suerte de condicionamiento inexorable para las personas. A partir de esto, se puede inferir que nace una categoría de persona independiente de tales condicionamientos.
Para continuar en la línea que veníamos remarcando y que aludía al prejuicio como manifestación prominente en la actualidad, muy a pesar de que con el advenimiento de la democracia, tras una época marcada a fuego y piel por un golpe de estado que se encargó de cercenar los derechos y libertades de todos cuanto no se ajustaran a las lógicas más conservadoras, aniquilando ideas y no solo metafóricamente, se llegó a marcar un antes y un después con respecto a los derechos de las consideradas “minorías”. Pero muy a pesar de esto, la segregación sigue siendo algo que nos encandila por su visibilidad.
Al haber convocado a la cita la palabra “prejuicio”,  también se hace necesario convocar la palabra discriminación. Y a partir de este momento, para ir dejando bien en claro los rumbos por los cuales se hace camino, es preciso dar una definición de cada una de estas dos. Tomando las palabras de Robert Baron y Donn Byrne, el prejuicio hace referencia una actitud, generalmente negativa, hacia los miembros de un grupo social por el simple hecho de pertenecer a este colectivo; mientras que la palabra discriminación se refiera las actitudes    traducidas en acciones.
Para hacer más transparente lo que intentamos decir, los ejemplos tocan a la puerta de nuestra capacidad imaginativa. En nuestra República Argentina, prejuicios y discriminación sobre las personas trans abundan y en gran cantidad. Pero, actualmente, comparando nuestros tiempos con épocas que han quedado en la historia a modo de cicatrices, la discriminación o actitud negativa llevada al acto no se caracteriza por ser tan violenta y manifiesta como en algún tiempo lo ha sabido ser; y donde incluso el mismo estado podía llegar a ser el inquisidor. Este hecho arroja sobre nuestras mentes la hipótesis de que durante los últimos años, Argentina, y más precisamente también América Latina, haya estado gobernada por políticas de corte progresista ha hecho que los actos discriminativos más explícitos y violentos sean juzgados y condenados no solo por las entidades encargadas de garantizar la justicia en el seno de la civilización, sino también por una gran parte de la sociedad.
Pero a pesar de que los actos violentos de discriminación son condenados por una gran mayoría, esto no significa que habitemos una suerte de paraíso tal como el que soñaba John Lennon en su canción “Imagine”. Por mas que el contenido manifiesto de la realidad nos haga creer en una suerte de reducción si de prejuicios se habla,  lo que aparece más factible a la inspección, y siguiendo los pasos de Robert Baron y Donn Byrne, que habitamos junto a lo que estos dieron en llamar “formas de discriminación sutil” .
Como siempre, los ejemplos sirven para aclararnos el panorama sobre aquellas ideas que queremos plasmar en el papel, y para esta peculiar forma de “discriminación” también brotan algunos.
El primero que sale de las profundidades del vasto océano que se nos ofrece como secuaz a la hora de la redacción, proviene del campo del lenguaje. Como lo había anticipado alguna vez el legendario psicoanalista vienes Sigmund Freud, uno es esclavo de lo que habla, y por tanto el juego de palabras que profiere en determinado momento un sujeto cualquiera siempre connota algo del orden de lo más profundo e interno en torno al mundo de ideas y sentimientos que una persona conlleva dentro de sí. El hecho de que a la hora de hablar acerca de la homosexualidad se utilicé la palabra tolerancia en relación a los sujetos que se relacionan afectivamente con personas de su mismo sexo, no dice solo algo, sino que dice mucho por no decir casi todo, ya  que hablar de verdades absolutas seria retraerse retroactivamente al mundo de las esencias platónicas.
Generalmente, las palabras, para aquel auditorio que se encuentre en el papel de receptor pasivo esperando escuchar aquello que sus oídos esperan escuchar, no contienen más que un contenido manifiesto, y pensar en la idea de que algo mas se esconde tras ellas sería como para un hombre de ciencias medio del siglo XXI creer en fantasmas.
La palabra tolerancia, si los sistemas de interpretación de los cuales poseemos no sufrieron ningún tipo de percance, designa algo que “debemos soportar” a pesar de  que nos disguste. He ahí en el simple uso de esta palabra, como se pueden develar prejuicios e ideas que inclusive algunos usuarios de la palabra tolerancia no percatan. Hablamos de una tolerancia que discrimina, margina.  Como leíamos en un articulo publicado, “la clave no es tolerar sino aceptar la diferencia”.[2]
Otro ejemplo, para seguir citando y así crear una base de argumentos sólidos, está directamente vinculado la situación laboral de las travestis. En la actual sociedad, con marcados sesgos machistas y donde hoy día algunos creen en una suerte de superioridad de la figura del hombre por sobre la humanidad de la mujer, encontrar un trabajo digno para cualquier travesti se convierte en algunas ocasiones en una historia digna de una telenovela dramática, y muchas de ellas son arrojadas a la calle para ejercer el empleo más viejo del mundo(prostitución), con el amplio margen de riesgos que someterse a tal vida conlleva, tales como el contagio de enfermedades venéreas, la violencia en cualquiera de sus aspectos, y el acercamiento al consumo de drogas para mantenerse despiertas.
Todo esto que con anterioridad mencionamos, vinculado con la prostitución como una de las puertas que quedan abiertas cuando parte de la sociedad se encarga de cerrar bastantes otras, muchas veces es propulsor del estereotipo negativo que recae sobre la figura, en este caso, de las travestis. Pero, por lo general, pareciera que esta gente no se pregunta porque una travesti lleva tal vida, sino que contrariamente, pareciera que eligen optar por la opción que reza que estas eligieron la vida que llevan, como si en la realidad fáctica se presentasen muchas otras oportunidades.
Al tomar consecuencias por causas, al erigir a la prostitución como un camino casi vocacionalmente adoptado, es casi imposible no remitirse a las palabras que Michel Foucault haya proferido sobre la relación que en muchos casos ha ido a la par entre la homosexualidad y suicidio. Este autor, siempre digno de mencionarse, explicaba que sobre el imaginario colectivo de nuestras sociedades actuales era muy frecuente la creencia de que las personas homosexuales tienen una mayor tendencia a cometer suicidio que las personas heterosexuales. Foucault, lo suficientemente libre como para abrir sus alas y desprenderse del suelo que en ciertos momentos nos impide descubrir el universo de cosas que nos rodean, plantea que no hay nada en el origen de la homosexualidad que la haga más susceptible o más predispuesta al suicidio; sino que  en todo caso, si esto fuera así, se lo debería plantear  en los términos que llevan a considerar las mezquindades a las que son sometidos las personas que incurren a tal acto para así, de una buena vez por todas, acabar con lo que se imponía para la parte más sensible del alma como un infierno en el cual se quemaban vivos lo que en algún momento fueron esperanzas y sueños.
Sumada a estas palabras de Foucault, otra cosa que vocifera con fuerza y esplendor es la frase de la canción de Víctor Heredia “Sobreviviendo”, que rezaba “Yo no quiero ser solo un sobreviviente, quiero elegir el día para mi muerte”
El invocar al suicidio, y a la creencia que lo acompaña según algunos, es imposible que no se nos venga a la mente a la figura del diputado salteño por el PRO “Alfredo Olmedo”, que era uno de los que sostenía con enorme convicción tal idea y además abrazaba con esfuerzo la idea de que los homosexuales no eran naturales.
Ahora bien, la pregunta que es o no natural nos lleva a esgrimir, siguiendo el sendero marcado por Judith Butler "que el sexo es el efecto de una concepción que se da dentro de un sistema social ya marcado por la normativa de género”[3]. En otras palabras, que la idea del sexo como algo natural se ha configurado dentro de la lógica del binarismo de género”.  Como tal, una definición del sexo nunca podría ser alcanzada, lo que dio pie y da a la emergencia constante de la transgeneridad.
Mauro Cabral y Javier Leimbruger exponían sobre este concepto que el punto sobresaliente que caracteriza la transgeneridades; “el sentido de la contingencia: en la transgeneridad no existen ni dos sexos naturales entre los cuales transicionar ni una relación necesaria, obligatoria, entre anatomía, identidad de género, expresión de género y sexualidad, etcétera.”[4]
La aparición de la transgeneridad como objeto de estudio, ha hecho posible pensar a la sexualidad de una manera muy distinta a como se nos había impuesto desde las instituciones cuya bajada de línea era de tipo patriarcal. Nos permite pensar al sexo y a la identidad genérica no necesariamente soldados, sino como algo que escapa a la mera lógica binaria y permite expandir la visión del investigador más allá de todo lo referido a los dogmas.
La constante lucha de los distintos movimientos sociales y de género, ha hecho posible que en los últimos tiempos, personas que antes ni siquiera eran consideradas ciudadanos o compatriotas por algunos, hoy dispongan de mayores cantidad de derechos de los que poseían hace unos cuarenta años atrás. Cabe destacar que todos estos logros han ampliado o extendido derechos que anteriormente no abarcaban a parte del colectivo social. Tal aseveración puede ser ejemplificada con la aprobación de la nueva ley de género por el senado.
Esta nueva ley de identidad de género no es sólo un avance en pos de los derechos de sus beneficiarios, sino que también es un llamado a la sociedad a pensar y repensar la inclusión de la homosexualidad dentro de las perversiones[5], pues luchar fervientemente por estar amparados por la ley y no apartarse de ella, no es precisamente perverso, pues el perverso jamás buscaría otra cosa que mantenerse apartado de la ley.
Un aspecto que no debería pasar por alto de la ley de identidad de género es la ampliación de la categoría de ciudadano. ¿Qué es un ciudadano? Una definición bastante completa puede ser: un ciudadano, es una persona registrada por las autoridades, que forma parte de la sociedad. La condición de ciudadanía, conlleva derechos y obligaciones que el ciudadano ha de cumplir para sostener su condición de tal. Otra definición, complementaria a la anterior puede ser: “Ciudadano es la persona que, por su condición natural o civil de vecino, establece relaciones sociales de tipo privado y público como titular de derechos y obligaciones personalísimos e inalienables reconocidos, al resto de los ciudadanos, bajo el principio formal de igualdad”[6].
La última parte de esta definición es interesante porque antes de la ley de identidad de género, no estaba penada explícitamente cualquier elección sexual no heterosexual, pero como tampoco estaba reconocida, quedaba en una zona intermedia, liberada. Sin estar incluidos en la ley (positiva o negativamente), quedaban al margen de ella y condenados a ser objeto de imaginarios sociales que por miedo, ignorancia, odio o una combinación de todas, no llevan a otra cosa mas que a la discriminación, homofobia, marginalización, estigmatización. Imaginarios tales como el SIDA (o “peste rosa” en los años 80’) era una enfermedad indisolublemente ligada a la homosexualidad.
Así, estos imaginarios condenan a las personas con diferentes elecciones sexuales a no poder compartir espacios comunes para reunirse, a no tener acceso a puestos políticos, a no tener acceso a servicios de salud como cualquier persona.
Desde esta perspectiva, la ley de identidad de género, es un cachetazo a esos imaginarios, porque desde la legalidad se impone la igualdad en el trato social de todas las personas condenando a la discriminación con sanciones severas. Permite, entre otras cosas, el acceso gratuito (porque como ciudadanos que pagan sus impuestos, es su derecho y para el Estado su obligación) al sistema de salud pública sin tapujos ni engaños, y des-estigmatizar, de esta manera, que las operaciones de cambio de sexo son por puro capricho (prejuicio que es producto de que la elección de ser homosexual es caprichosa). Por esto, creemos que la ley de identidad de género es una recategorización del concepto de ciudadano, quita las cadenas que pesaban sobre los homosexuales, travestis y transexuales que los condenaban a un limbo que, al no estar reconocido por el Estado, era condenado por imaginarios cobardes.
A partir de diferentes prácticas sociales se fijan estereotipos a cerca de personas que comparten ciertas cualidades, ideología, modo de vida; se instauran estereotipos sobre las personas homosexuales que llevan a la discriminación. Actitudes y sentimientos que llevarían a la homofobia.
“Se llama “Homofobia”a los sentimientos negativos, actitudes y conductas dirigidos contra las personas homosexuales” (Weinberg, 1972).
Esta es la definición más clásica. Podríamos completarla agregando que también incluye a las personas heterosexuales percibidas como homosexuales y por extensión a toda práctica o conducta que se diferencie de los comportamientos relacionados con el género prescripto para las personas, basado en su biología.”[7]
Existen imaginarios sociales colectivos a partir de los cuales se asocia la homosexualidad  con la promiscuidad o la pregunta de si la homosexualidad, travestismo…  abreviemos: cualquiera no heterosexual, son perversiones, pregunta mas que de otro siglo, pertenecería a otra era, por lo que en el marco de este seminario nos parece desactualizada, sin embargo, no lo es tanto al nivel social. Si bien la perversión se podría definir de diversas maneras, en cualquiera de estas definiciones sería una constante la caracterización de la perversión como un apartamiento de la norma.
A pesar de que aún queda mucho camino por andar, y como ya había dicho Antonio Machado “caminante no hay camino, se hace al andar”, la lucha por habitar una nación más justa, una Latinoamérica más equitativa y un mundo libre de prejuicios, no se va a dar desde la mera pasividad. El verdadero cambio para tener una sociedad totalmente inclusiva que no excluya a cualquier persona por el solo hecho de su orientación sexual, se va a gestar en el espacio para la lucha en el reconocimiento de los derechos que sean equitativos y justos para todxs y no dejen por fuera a nadie. El hecho de que la comunidad LGBT se haya hecho de algunos derechos que años atrás formaban parte de un sueño diurno, ha emergido en la medida en que estos se posicionaron como sujetos políticos que se atrevieron a cuestionar los cánones hegemónicos que entornaban a todos los habitantes de nuestro suelo. Nada se ha logrado desde la pasividad; y hoy día es el momento para que cada ciudadano se ponga de pie y abandone su postura de hombre arrodillado, y se cuestione sobre la facticidad o no de las redes hegemónicas de poder que los atraviesan.
Si bien en cada proceso de lucha siempre van a existir posturas antagónicas que se presentan tal cual como piedras en el camino (iglesia, partidos políticos conservadores), némesis que obstaculizaron sin éxito tanto las demandas por el matrimonio igualitario como por la ley de género, estas situaciones que se presentan nunca deben hacer de desmotivadores que inciten a abandonar un proyecto que conlleve a una mejor calidad de vida para todos.
Como el de todos los soñadores, el nuestro es un sueño que esperamos en algún momento se concrete. Como ha dicho Enrique Pichón Riviere, de lo que se trata es de construir una totalidad compuesta por partes heterogéneas donde cada uno pueda repensarse en torno a la figura del otro y de esa manera eliminar estereotipos.
Mientras tanto, todo será un sueño que la lucha seguramente puede llegar a materializar, y para esto es necesario no quedar atrapados en la crisis, sino que es necesario utilizarla como principal aliada para repensar continuamente nuestras realidades y así poder avanzar en pos de la edificación de un mundo nuevo donde todas las deidades conspiren en pos de la justicia, igualdad social y la solidaridad
Como decíamos anteriormente vivimos en el siglo XXI, en un país donde se acaban de garantizar dos leyes de suma importancia para la comunidad homosexual, con la aprobación de ambas leyes se están  reconociendo los derechos de un colectivo de nuestra sociedad, consideramos que estas leyes son un paso muy importante hacia la igualdad y la justicia social. Sin embargo también somos concientes que aun faltan cambios sociales, culturales, y sobre todo cambios de ideología, ya que hoy en día a pesar de estos grandes avances sigue existiendo estereotipos, prejuicios e imaginarios sociales que llevan a la discriminación de la comunidad homosexual.























Bibliografía:


·         Baron, Robert A. y Byrne, Donn. Psicología Social. Cap. 6 “Prejuicio y Discriminación: Cómo Comprender su Naturaleza y Contrarrestar sus Efectos”.Madrid 1998.
·         Cabral, Mauro. Glosario en Construcción. Un Itinerario Político del Travestismo en Serias para el Debate Nº 3. Lima 2004.


[3] Sabsay, Leticia. Judith Butler para Principiantes. Rosario.
[4] Cabral, Mauro. Glosario en Construcción. Un Itinerario Político del Travestismo en Serias para el Debate Nº 3. Lima 2004.

[5] Al lado del fetichismo, voyerismo, exhibicionismo, sadismo, masoquismo, acosadores, pederastas, violadores, etc. perversos sin dudas  que cumplen, además, con otro  requisito fundamental de la perversión: buscan la angustia del Otro. Ahora bien, pude decirse lo mismo de la homosexualidad? Del travestismo? Afirmarlo sería forzar, no sólo los conceptos, sino también lo que la realidad nos muestra.
[7] Diversidad sexual: conceptos para pensar y trabajar en salud. Ricardo Duranti.

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