A pesar de las diferencias que pueden esgrimirse como existentes entre la gran cantidad de religiones y la política, si se observa en profundidad estas diferencias se esfuman tan pronto como es percibida.
A lo largo de la historia, los diferentes tipos de religiones e ideologías políticas han tratado de sentar las bases para que en el mundo prevalezca la idea del bien por sobre el mal. Sin embargo, por diversas que hayan sido estas ideologías, como se mencionó anteriormente hay algo que en lo más profundo de su esencia las unifica y hace más cercanas de lo que cualquiera podría pensar. Esta bella esencia que las cohesiona, es el amor por la justicia y la humanidad en pos de progresar como civilización dando una suerte de equilibrio universal al cosmos, o en este caso a un territorio determinado, sea una ciudad, un país o el mundo entero.
A pesar de todo esto, la brecha que divide al amor del odio no es lo suficientemente grande, y por lo tanto el amor por el mundo y todo lo que nos rodea puede convertirse en el odio más exacerbado. Esto se da cuando desde la idea del bien, desde la intención de promulgar una verdad para que la justicia se manifieste lo más resplandeciente posible y virtuosa en todas sus cualidades; se cae en la tentativa de querer imponer una verdad absoluta, que no respete las distintas opiniones subjetivas y lo más propio de cada uno.
A partir de este momento es cuando se suceden todas las tragedias que forman parte de aquellos libros de historia que todos hemos leído alguna vez, y que marcan el sendero por el cual la humanidad desde tiempos primordiales ha hecho prevalecer sus ideales.
Por tanto, en la actualidad, ya sea tomando como instrumento de trabajo aquellos libros que nos relatan las distintas batallas por las cuales ha atravesado la humanidad, o tomando cualquier otro medio que satisfaga las exigencias que requiere esta elucidación, es necesario convencernos de que la verdad absoluta no existe sobre la faz de este mundo habitado por simples seres mortales. Las ciencias exactas se corresponden con los números, entes que no poseen ningún tipo de subjetividad, y no con la humanidad.
Para lograr un verdadero cambio social, para iniciar lo que Mao Tse Tung denomino la “revolución cultural”, es necesario comprender que en materia de opiniones políticas, todos vamos a tener una opinión impregnada sobre la base de nuestro ser, y que por tanto la verdadera construcción de una sociedad más justa no se va a dar reprimiendo de manera violenta, simbólica o físicamente, a una persona partidaria de una visión distinta del mundo. La verdadera construcción se da desde el amor por la humanidad, desde el respeto y la solidaridad hacia el otro, pertenezca a la clase, sexo, raza o religión a la que sea.
Es hora de que entendamos que el pueblo somos todos, es hora de que los políticos comprendan que no se debe recortar un determinado sector de la sociedad, de una totalidad, para de esa manera confrontar con otros que no son de su agrado. Desde una suerte de nueva política y tomando a Enrique Pichon Riviere, es necesario que para prosperar dejemos nuestros egos fundamentalistas, que nos hacen querer imponer una verdad absoluta, y construyamos una totalidad compuesta por partes heterogéneas.
En el caso de las religiones, al igual que en la política, como ya hemos mencionado, lo que prevalece es la idea del bien por sobre el mal. Sin embargo, las verdades absolutas se transforman en un odio exacerbado en un abrir y cerrar de ojos. Nada tiene que ver con el amor asesinatos en nombre de un dios, o impedirle a gente que elige un modo de vida “alternativo” al de estos credos ejercer sus derechos. El verdadero amor es aquel que se manifiesta como solidaridad y respeto ante el otro, además del sentimiento de beatificación ante el bienestar del prójimo.
Para concluir, religiones e ideologías políticas son más parecidas de lo que parecen a simple vista. Estas distintas instituciones no deben ser desterradas de la sociedad para que el hombre evolucione, sino que ellas deben poder evolucionar hacia una fase de conciencia superior y de esa manera poder respetar las diferencias para de esa manera construir, ya que con con odio es mucho más probable que se destruya y se viva en un estado de continua lucha y malestar cultural.
Finalmente, para ir cerrando, el amor es la única manera de que la humanidad construya un mundo en el cual la justicia reine sobre nosotros. A pesar de que puede sonar utópico, acepto las críticas, ya que democracia significa debate, y el debate es diversidad, la cual es propia de nuestro propio mundo y lo cual tampoco debe impedir que como seres humanos construyamos algo que puede beneficiarnos a todos para de ese modo construir un paraíso en este mundo sensible y terrenal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario